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No estamos para cuentos

Por ser la cara más visible, en cuanto a lo que acontece durante las tardes de carreras, el cuerpo de comisarios suele estar en...

Egbert Lewis
Egbert Lewis

Por ser la cara más visible, en cuanto a lo que acontece durante las tardes de carreras, el cuerpo de comisarios suele estar en el ojo de la tormenta. Y no es para menos, porque su proceder incide directamente en los resultados de las competencias y, en consecuencia, en los dividendos que cobran los apostadores y en los premios que reciben los profesionales de la hípica.

Pero habría que hacer un alto y preguntarse si son los comisarios los únicos responsables de tanta desfachatez y descontrol en el entorno de las carreras de caballos.

Antes de entrar en más detalles, es justo que hagamos algunas precisiones para que la opinión pública esté enterada de cómo funciona el asunto. Partamos del hecho de que los comisarios constituyen un cuerpo colegiado compuesto por tres miembros, cuyos fallos se dan por mayoría. Es decir, las decisiones se producen por unanimidad o por mayoría de dos contra uno.

 

Técnicamente, el voto de los tres vale lo mismo y, reglamentariamente, no existe una relación de subordinación entre ellos. Así que ningún miembro puede proclamarse jefe ni vocero del grupo. Para que uno hable por todos lo que se estila es que entre ellos se dé un acuerdo en ese sentido.

De allí que resulta menos que torpe señalar como responsable de los fallos y las decisiones solo a uno o a dos, y más si dentro del informe semanal nunca se aprecia un salvamento de voto o, en el mejor de los casos, la aclaración de que tal o cual comisario votó en contra de determinado fallo.

Y digo lo anterior con autoridad porque cuando fui miembro de la Comisión Nacional de Carreras, en más de una ocasión solicité que se consignara en el acta mi oposición a algunas decisiones de los otros dos miembros. Es decir, siempre respeté la voluntad de la mayoría, pero las veces –que no fueron muchas- que sentí que se podría comprometer mi credibilidad hice uso de mi derecho a que se plasmara con claridad mi posición en el acta.

 

Por eso no me trago ese cuento de que hay unos comisarios malos y otro bueno, o viceversa. No hay nada que me lo demuestre.

Incluso, tengo información de que la orden de no pasar el polémico video del clásico Presidente provino de un comisario. Y si tengo que decirlo en algún momento lo haré, porque no podemos seguir viviendo del engaño.

Dicho esto, vuelvo a la idea con la que inicié. Los comisarios son un gran problema para la hípica, pero no son el único. También está la situación de la sección de Toma de Muestra, el Laboratorio de Análisis de Drogas y, por supuesto, el desbarajuste de la Secretaría de Carreras en donde las inscripciones (y los consecuentes retiros multitudinarios) siguen minando la imagen del Programa, a pesar de muchos esfuerzos individuales que se están haciendo para llevar el espectáculo a otro estadio.

 

Hace una semana se dio una situación irregular cuando se procedía a identificar una muestra que dio positiva, supuestamente de cafeína, pero cuando los responsables concurrieron al recinto y abrieron se encontraron con una caja de sorpresas, lo que evidentemente vició el proceso y hubo que dejar todo hasta allí.

Ahora están pendientes de observar las cámaras de seguridad parar apreciar qué ocurrió ese día que, hasta donde supimos, fue el 5 junio. No va a pasar nada.

Lo cierto es que, como los apostadores no lo pueden hacer, las asociaciones de dueños de caballos y entrenadores debieran ser más beligerantes con lo que está pasando porque entre los jinetes que montan como desquiciados, los comisarios que juegan al gato y el ratón y el aparente descontrol en el manejo de las muestras para los exámenes antidopaje están cavando la tumba del espectáculo.

 

Lo peor que le puede pasar la hípica es que se entronicen los rumores y que después no pase nada. Cuidado con eso.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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