Deportes

No podía ser

“No me llames nunca si me sabes muerto, pues iré cruzando sendas muy floridas, y si me llamaras, como en otro tiempo, ¡milagrosamente resucitaría!...”


Alberto O. Cabredo (Abogado y escritor) / Abogado y escritor

“No me llames nunca si me sabes muerto,

pues iré cruzando sendas muy floridas,

y si me llamaras, como en otro tiempo,

¡milagrosamente resucitaría!...”

Enrique P. Maroni

¿A quién le pide permiso un aguacero torrencial? El cielo es su imperio; y nosotros, sus vasallos. Hay cosas que simplemente pasan, somos actores o puros testigos.

Pienso que así me pasó con esa chica, ¿habría caminado bajo aquellos chaparrones si fuese de otra forma? Salta charco, brinca lodo, pasa frío, para nada.

No soy de perder mi tiempo en cafetines, pero desde el primer encuentro procuraba ir al mismo sitio. Nunca entendí por qué se presentaba sólo por las tardes en aquel café, ni porqué usaba siempre el mismo vestido, o a quién esperaba, o qué buscaba sentada siempre en la misma mesa. Era difícil de explorar, cuando empezaba a sentir que atravesaba la línea que había puesto entre nosotros, se callaba, simplemente me ignoraba. A no dudar, hay misterios bajo la comba estrellada, misterios que, a pesar de todos los esmeros, simplemente no podemos develar.

Creo que nunca tuve una oportunidad con ella. Quizás mi compañía fue una forma de sortear su monotonía o, tal vez, le divertía mi asedio. Se lo conté todo, hasta inventé episodios teatrales. Ella solo escuchaba y sonreía. Tenía aquel gesto que nunca he creído estudiado, esa media sonrisa que te atrapaba sin remedio.

Un día, cambié la estrategia, empecé a actuar como ella: Adopté una postura trivial, la miraba cuando era necesario, me distraía observando otras mesas y contestaba en monosílabos. Se limitó a decir que me encontraba raro y, luego de mirarme unos segundos, descubrió mi treta. La creí tajante cuando dijo: - No estoy para esto, no toques la puerta, no la puedo abrir.

No atiné a decirle nada, me llené la boca de cerveza y miré la lluvia que chorreaba en la ventana. Era innegable que aquello que hacíamos o teníamos se había quebrado, se despidió como siempre, como si no hubiese pasado nada y, quizás fuera así. Claro, para ella, porque yo era reo de ese vestido y aquella mirada.

Por eso salía a buscarla. Parecía tonto aquel intento diario de indagar por el barrio, de rondar el café, de ver si se asomaba a alguna ventana, pero ya referí que era un cautivo.

Un día, ya entrada la noche, la lluvia arreciaba demasiado fría cuando me percaté al fin de mi insensatez, y decidí colgar los guantes. Empero, de repente, la vi en la distancia, cruzando la calle con el vestido de siempre. También oí el chirrido del camión que la traspasó. Paralizado, observé cómo siguió caminado sin perder la compostura, cómo cruzó la calle y entró en un callejón.

Llegué a la calleja oscura y no encontré nada, mejor dicho, a nadie. Sin embargo, al voltear, estaba frente a mí. “Casi me matas del susto”, se lo dije aturdido. Me miró fijamente y contestó: - Bueno, ya lo sabes, ¿ahora qué vas a hacer, seguir con tu búsqueda? Es inútil. Si hubo alguna oportunidad, se perdió hace tiempo, cuando yo vivía, mejor sigue tu camino. Este penar perpetuo no es tuyo, sino mío.

Después de eso, se fue desvaneciendo. No sé cuánto tiempo estuve allí. Como he dicho, hay cosas que simplemente pasan, somos actores o puros testigos.


fecha edicion
old id
828965
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América