La vida de Al Sprague es tan intensa y colorida como su obra artística. A sus 72 años, este pintor de padres estadounidenses que nació en la comunidad de Balboa en la antigua Zona del Canal, reconoce que cuando joven no era muy brillante para las cuestiones académicas y su proclividad a meterse en líos lo llevaron al camino del arte en el que ha cosechado inmensas satisfacciones.
Al Sprague está de vuelta a Panamá para presentar en el Museo del Canal Interoceánico una retrospectiva de 55 años de trabajo artístico, durante los cuales se dedicó a pintar lo mejor de Panamá, su gente.
Encontramos al septuagenario pintor en el lobbydel museo a la hora acordada, poco antes de que iniciara una charla. Se levantó de su asiento impulsado por el bastón que, por necesidad, ahora lo acompaña a todas partes y de inmediato comenzó la comunicación. Nos hace ver de una vez que buena parte de su infancia y juventud la pasó en Colón y que aunque es “fulo” se considera un “colon boy”. No hay dudas, es un hombre de buen humor.
Camino al ascensor, que nos conduciría a la sala donde se realiza la exposición “Al Sprague: Retrospectiva de 55 Años en el Arte”, nos interroga –con cierta fascinación– sobre nuestros orígenes. A medio camino le hacemos saber que las apariencias engañan y que, aunque le resulte extraño, ni nosotros ni nuestros padres son de Colón.
-Mi papá es chiricano-, le informamos.
Después vino el tema del idioma. Sobre todo le interesaba saber si dominábamos la lengua de Shakespeare, ya que prefería que la entrevista fuera en esos términos. En medio de chistes y sonrisas, finalmente llegamos al cuarto piso donde nos esperaban sus cuadros, esculturas, dibujos y grabados que hablan por sí mismos y cuentan, sin que medien palabras, la historia de este “estadounidense-panameño”, como el mismo se identifica.
Pero el propósito del encuentro era escuchar algo de la historia personal y artística de Al Sprague contada por él mismo. Así que tomamos asiento en el escenario que nos habían preparado con un par de cuadros a nuestras espaldas, en los que se retratan la pollera y el montuno panameños y decidimos entrar de lleno al asunto que nos reunió allí.
díaD: ¿Algún recuerdo de su infancia en Panamá?
Al Sprague (AS):Claro. Tendría un año, poco más o menos, cuando vivíamos en una casa grande, de esas en las que habitaban doce familias y recuerdo cuando gateaba, también recuerdo ver y escuchar el tren. Después nos mudamos a Colón, donde había muchos apagones, por lo que no se podía tener la luz encendida por temor a que sabotearan el Canal, ya que estábamos en tiempos de guerra. Después comprendí que se pensaba que los japoneses o los nazis podrían atacar en cualquier momento.
díaD: ¿De dónde eran sus padres?
AS:Mi papá nació en Brooklyn, en un vecindario que era muy parecido a El Chorrillo, y mi madre se vivió en Manhattan. Después vinieron a Panamá a trabajar y fueron creciendo poco a poco, aunque antes pasaron algunas dificultades. Recuerdo que mi madre le hacía emparedados de guineo a un señor De León para que los llevara al trabajo y cuando él iba a la cafetería pedía agua caliente y una bolsa de té por separados. Al agua le echaba salsa de tomate y se la bebía como una sopa y guardaba la bolsita de té para traerla a casa y tomarla más tarde. Eran tiempos difíciles y nosotros los vimos y los compartimos con la gente.
díaD: ¿Se sintieron aceptados siempre por la gente de aquí?
AS:Seguro. Por ejemplo, muchas mujeres que vinieron del Caribe se dedicaban a trabajar como domésticas. A mí me cuidaba una con la que todavía tenemos relación con sus familiares, incluso se jubiló trabajando con mi familia. Ella me sacaba a pasear para que las otras mujeres me vieran y, como era “fulo”, cuando me llevaba de vuelta a casa llegaba con la cara marcada por los lápices labiales. Esta es una forma de aceptación, de cariño. Ellos nos querían y también nosotros a ellos. Creo que la primera “lengua” que aprendí fue “el jamaiquino”; de tanto escucharlos (a ellos), terminé hablando como ellos. –“Tanc yu”–, se ríe.
díaD: ¿Y qué hay de sus tiempos mozos?
AS:Los pasé entre mi afición a la pesca y la Escuela de Balboa (Balboa High School). Me metía en muchos líos, no era muy brillante. Bebía, peleaba, en fin.
díaD: ¿Entonces, cómo llegó a ser pintor?
AS:Mi madre me dijo que si me dedicaba al arte (a pintar) me inscribiría en la escuela. Allí aprendí a pintar, y cuando me gradué, logré una posición de trabajo en el área del Canal y estuve allí por 14 años.
Recuerdo con satisfacción que, estando en la Escuela de Balboa, una maestra me expulsó y después regresé allí para enseñar arte durante 10 años.
díaD: Bueno, ya tengo una imagen de su personalidad. Ahora dígame ¿por qué su empeño de pintar escenas de Panamá y los panameños?
AS:Este país tiene una representación de toda la gente del mundo. Realmente quería pintar a la gente, me gusta. Visité Ocú para pintar los montunos; me gusta el Canal, los pescadores, los vendedores, el mar, todo. No quiero pintar otra cosa que no sea Panamá. La pintaré por siempre, hasta el final.
díaD: ¿De alguna manera usted ha plasmado algo de la historia de Panamá en este recorrido pictórico que rebasa el medio siglo?
AS:Algo de eso hay. Recuerdo que iba a El Chorrillo con un amigo. Imagina dos hombres blancos, dos gringos. Pero íbamos seguros, compartíamos con la gente, incluso salíamos a pescar con ellos; los veíamos en plena faena, era una gran experiencia.
díaD: ¿Cómo escogía los modelos?
AS:La mayoría está basada en fotografías. Usaba varias fotografías para armar un cuadro. De una sacaba las manos, de otra el rostro y así sucesivamente. Cada vez que salía, dibujaba a la gente. Tengo lo que yo denomino mi “Libro de ideas”, en el cual voy plasmado los trazos que me sirven para crear mis esculturas. Estoy escribiendo un libro y avanzo con las ilustraciones con bocetos que tienen como imágenes dominantes a tiburones, cocos, el mar, perros, pájaros y otros.
díaD: Este país ha cambiado mucho.
AS:Sí, ha cambiado Panamá, los edificios, las carreteras, pero la gente no ha cambiado; es la misma, eso es lo mejor de Panamá. Todavía tengo muchos amigos aquí y voy a mudarme de vuelta algún día. Mi mujer es educadora y le faltan 6 años para jubilarse. Yo tengo 72, tendría 78 cuando eso suceda (se ríe).
díaD: ¿Algo pendiente por hacer en Panamá?
AS: Sí, quiero enseñarle a la juventud para que trabaje el bronce. No únicamente a los artistas, solo falta que sepan trabajar con las manos y yo les puedo enseñar para que hagan negocio de su habilidad.
díaD: ¿Se siente orgulloso del camino recorrido?
AS:Orgullo no, pero sí feliz por lo que he hecho. Me pregunto ¿por qué yo y no otro? Y la respuesta es que no puedo hacer otra cosa que pintar.
díaD: ¿Lo lleva en la sangre?
AS:Sí, es como tener malaria (vuelve a reír).
díaD: Dice usted que quiere volver a vivir en Panamá. ¿Colón?
AS:¡Colón, chuleta! Demasiado maleante. Es un lugar muy hermoso; quiero una en Balboa, pero no tengo dinero (dice en español en medio de una carcajada).
Una vez le propuse a una alta autoridad que me diera una casa en Balboa para vivir. Allí también tenía pensando crear una escuela de arte gratuita y cuando yo ya no estuviera, quedaría como un museo, pero no me hizo caso, era muy estúpido para entender la trascendencia de la propuesta que le hacía.