Como el primer diagnóstico atribuía el padecimiento a una supuesta fatiga mental, decidimos como primera medida desconectarnos. Esto implicaba engavetar los celulares, poner la computadora en el lugar menos visible -preferiblemente debajo de la cama- y comenzar a leer algunos de los muchos libros que nos han obsequiado.
Para reforzar nuestra terapia, visitamos la exposición de Panameños ilustres en el MARTA que, por cierto, nos causó una grata impresión.
Curiosamente, los dolores de cabeza se intensificaron y la ansiedad se incrementaba. No habían pasado los primeros seis días cuando, involuntariamente, nos apoderamos de los celulares y sentíamos una emoción especial, cada vez que sonaban.
La lucha seguía y evitábamos mirar bajo la cama y estar próximos a alguna computadora. La consigna era cero correos, cero estrés.
A pesar de todo, no se notaban muchos cambios hasta que finalmente la tentación nos venció. Sin darnos cuenta, sacamos la computadora de su cautiverio y, ¡a conectarse se ha dicho! Había más de 450 correos de toda índole.
Comenzamos a leer con fruición, primeros los de EPASA y después los mensajes de nuestro correo personal.
De pronto nuestro estado de ánimo cambió, sentimos que se había llenado un vacío y las dolencias encefálicas mermaron. Un día después, visitamos al médico, quien nos dijo que teníamos la presión como un chiquillo.
Fue entonces cuando nos convencimos de que ya no podemos vivir sin celular ni computadora, es imposible estar desconectados, y para llegar a esa conclusión no hace falta ningún diagnóstico médico.
Cuestionan a Paulino Romero
El supuesto pedagogo Romero debería someterse a las pruebas o exámenes de primer ingreso de la Universidad de Panamá para que pruebe si es verdad que sabe algo de cualquier cosa que no sea escribir babosadas copiadas de otros autores.
Anaximandro antisocrates@gmail.com
¿Dubai, Dubái o Dubay?
El Diccionario Panhispánico de dudas, editado por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española dice que “el nombre de este emirato árabe y de su capital debe escribirse con tilde en español, por ser voz aguda acabada en vocal”. Algo parecido dice en las entradas samurái y bonsái.
Desde antes de que existiera la Real Academia, en nuestro idioma los diptongos ai, ei, oi, ui al final de las palabras se han escrito con y. En épocas menos contaminantes, el castellano ha adoptado numerosas palabras de otros idiomas terminadas en tales diptongos, como Uruguay, Paraguay, ñandubay, Ollantay, etc. y siempre les ha aplicado la misma regla.
Entonces, ¿por qué los señores académicos escriben Dubái, samurái o bonsái en vez de Dubay, samuray o bonsay como hubieran escrito nuestros antepasados? Pues porque prefieren poner tildes para disimular la grafía inglesa antes que seguir la tradición castellana. ¡Hasta la Real Academia sucumbe ante los embates del invasor! Dice un refrán castellano: “Si el capitán juega a los dados ¿qué harán los soldados?”
Francisco Moreno Mejías