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No tengo plata, no tengo cerebro

Hubo un tiempo en el que las noticias tenían las tarifas más irrisorias que uno se pueda imaginar. Una noticia publicada en un diario podía costar entre


Hubo un tiempo en el que las noticias tenían las tarifas más irrisorias que uno se pueda imaginar. Una noticia publicada en un diario podía costar entre cinco y diez palos y un par de minutos en radio se saldaba con pagarle al reportero una sopa de carne, que para entonces no pasaba de $1.50. Como la televisión siempre ha sido más refinada, ahí las coimas eran un poco más altas, pero igual de deleznables.

¿Y cómo sé todo eso? Porque muchos de los que compraban noticias y apariciones en los medios me lo contaron, y me tocó la vergüenza ajena de ver a los peseteros en acción.

Recuerdo cuando comenzaba a gatear en la profesión, tuve una experiencia que me marcó. Tuve que ir al despacho del director de una entidad para abordarlo sobre un tema de su competencia. Cuando su secretaria le anunció —con la puerta entreabierta— que lo buscaba un periodista, su reacción fue: ¡Dile que no tengo plata!

En su exclamación se reflejó el fastidio propio de quien se sentía agobiado por el abuso del cual era víctima, pero la culpa no era del todo suya, ya que para entonces un porcentaje elevado de los comunicadores (reporteros) se hacían a la brava, mantenían relaciones informales con los medios y como freelance que eran muchos, buscaban la manera de redondear lo poco o nada que les pagaban mediante salves .

Por su suerte, tuve la oportunidad de explicarle que no había llegado para pedirle dinero, sino información. Después se convirtió en una de mis mejores fuentes, y más tarde construimos una amistad que me sirvió para que me develara los nombres y las manera como cayó en las fauces de los peseteros, como se llamaba a esos especímenes que, felizmente, ya son los menos.

Ahora los periodistas nos enfrentamos a retos más serios. Muchos funcionarios no son tan accesibles como antes; a la mayoría hay que darles un preaviso sobre los temas de los que se les va a hablar para que se preparen, porque de otra manera no funcionan.

Así que, de alguna forma los tiempos han cambiado y los funcionarios ya no exclaman ¡Dile que no tengo plata!, sino que ruegan: ¡Por favor, mándame las preguntas para saber de qué me vas a hablar! Y cuando eso sucede, me pregunto para qué les pagamos con nuestros impuestos salarios a gente tan insegura e incompetente.

No sé qué será peor, pero ambas situaciones hieden.


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943674
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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