“El infierno está lleno de músicos aficionados” Bernard Shaw
Absorbí de la vida una enorme ración de ruido. No me quejo de eso, es más, en la primera mitad de mi existencia (tiempo que calculo en cincuenta años), el ruido significó parte inevitable en mis trabajos. Como maquinista naval pasé ocho horas en la panza de los barcos en medio de rugidos de todos los colores: motores, compresores, bombas, purificadores, telégrafos, turbinas y de ñapa los gritos del aceitero preguntando si era hora de achicar sentinas. Al terminar la guardia, el silencio del camarote, las conversaciones en el comedor, los paseos por la cubierta de botes salvavidas y sentarme en el molinete de popa a ver la danza burbujeante de la estela del barco, eran mi recompensa.
El mar tiene su música y los libros también.
Como bombero asimilé más ruidos: alarmas, gritos, órdenes, campanadas y el espantoso crepitar del fuego. ¿Cómo quejarme? Fueron mis profesiones, trabajos que alguien tenía que hacer, estornudos que añadir al viento que mueve el mundo. La civilización está condenada a generar ruidos, mal que le pese a un personaje como David Owen, al que da vida Tim Robbins en la película Noise (Sobrepasando el límite). Me pareció asombrosa y heroica la acción de David atacando con un bate de beis a los carros cuyas ululantes alarmas sonaban ofensivas (y por gusto) añadiendo vinagre de más a la ruidosa salsa de Nueva York. Lo acompañé en espíritu en ese ataque a los ruidos innecesarios. Gocé enormemente cuando se vengó del alcalde que lo perseguía activando frente a sus oficinas la alarma más escandalosa que puedan imaginar. ¡Bravo! murmuré (ni de a vaina volveré a gritar por gusto).
Estoy de tu lado David, pero yo no me atrevo a reventar ruidos.
En la segunda mitad de mi vida trato de alejarme de los ruidos. Por suerte vivo en una calle de Las Cumbres donde sólo sufro leves ataques de máquinas podadoras, el pertinaz e inútil ladrido de los perros de mis vecinos a mi gato que los desprecia con su indiferencia, y una que otra reparación que hacen en las casas (solamente los bomberos hablan más alto que los techeros y los albañiles).
Debemos respetar el tímpano ajeno tanto como respetamos el ondulante trasero de una dama que pasa a nuestro lado. No alimentemos los versos de Macbeth: “La vida no es más que un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia...”