Durante los últimos ocho días, la gente no ha dejado de abordarme para plantearme una interrogante que, confieso, todavía no he podido responder del todo.
¿Qué está pasando con la hípica panameña?
La inquietud tiene su origen en el reciente fracaso de los caballos nacionales que compitieron en la Serie Hípica del Caribe.
Igual interrogante me hicieron en el 2007, 2008 y 2009.
Es que, los menos entendidos en la materia, calibran el éxito deportivo a partir de los triunfos que se logren en confrontaciones entre países, puesto que parten del supuesto de que para ser grande hay que ganarse a los grandes.
Algo de razón tienen. Pero la realidad de nuestra hípica, específicamente de nuestra crianza de caballos, se mide por otros parámetros, además de las victorias en las competencias regionales.
Existe un factor determinante. El mismo tiene que ver no solo con los métodos de crianza, sino también con los cruces que se realizan.
Por ejemplo, países como México y Venezuela, que son los que se disputan con Panamá el dominio en la región, renuevan constantemente la sangre para la crianza, inyectándose principalmente de yeguas y padrotes estadounidenses.
Aprovechamos para dejar sobre el tapete otra interrogante que puede ser la respuesta a la que nos planteamos al inicio: ¿Será que los otros países han seguido avanzando y nosotros nos quedamos varados?