Hay hechos que todos imaginamos y hasta aceptamos como reales, pero preferimos pasarlos por alto para seguir viéndole el rostro amable a la vida. Cuando se trata de personas próximas, ya sea por vínculos familiares o por relaciones sociales y profesionales, nuestro subconsciente nos hace ver arcoíris, aunque haya un vasto cerco de nubes que lo topen.
Así, la noticia de que el premio nobel Gabriel García Márquez padece de demencia senil, como herencia maldita de su árbol genealógico –según uno de sus hermanos-, no cayó bien entre los millones de lectores y seguidores que tiene “Gabo”.
Esos millones de hombres que, durante su niñez y adolescencia, se hicieron al tenor del realismo mágico que el laureado escritor colombiano, junto a otros gigantes de las letras, hizo germinar por todo el continente americano hasta trascender los mares y el cielo del Atlántico para ser coronado con el nobel, no quieren saber de otro Gabriel García Márquez que no sea el autor de las grandes novelas y de los sorprendentes relatos que todavía hoy, siguen siendo lectura obligatoria para entender nuestro carácter autóctono, dicharachero, enamoradizo, emprendedor, libertario y orgulloso, pero sobre todo, el amor por la vida.
Revelar que “Gabo” sufre de demencia senil es, en definitiva, una noticia importante. De ser cierto, justifica el porqué el octogenario novelista tiene pocas apariciones y no publica un libro desde hace ocho años. Es una noticia que duele porque todo el mundo conserva la imagen del autor de “La hojarasca” con aquella figura jovial, activa y dispuesto a participar social e intelectualmente en todos los círculos que se lo permitían.
Duele además, porque si su memoria lo ha comenzado a traicionar, ya no habrá oportunidad de disfrutar de otro libro como “Vivir para contarla”, en el que hizo gala de su extraordinaria memoria y nos llevó, sujetos de su pluma, a recorrer su infancia y entender de dónde vino y por qué “Gabo” es como es.
La noticia no cayó bien, pero queda el consuelo de que ya sus ideas se inmortalizaron en sus obras, por lo que no tenemos que exigir más de él, sino dejarlo que siga viviendo en paz porque lo que tenía que dar lo dio y en demasía.