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¡Oh, Panamá!

Los elementos trazadores de la vida en Panamá son el oxígeno y el dólar. Es legítimo, a mí también me gusta respirar y reniego del comunismo.


Tras unos días de vida, trabajo y vacaciones, ya no hago diferencias en Panamá, la conclusión es que ha resultado uno de los viajes más luminosos e iluminadores de mi vida.

Panamá ha sido un descubrimiento, un país de tan grandes potencias como tristes calamidades, que camina por el filo de una navaja sin decidirse hacia qué lado decantarse.

Panamá no es cartesiana, no tiene ángulos rectos, sino que maneja una lógica cuántica que te hace saltar de una realidad a otra sin solución de continuidad, de su gente amabilísima a las prebendas, cohechos, corrupciones y martingalas de sus políticos de opereta, capaces de entrar en puticlubs en nombre de una moralidad resbaladiza; de los lingotes de plata de sus rascacielos erigidos en el culto a Mammón al pestífero estercolero de sus particulares favelas; del espectáculo de un consumismo desaforado que tiene su Vaticano en los Malls al indignante abandono de monumentos indispensables como Portobelo; del multiculturalismo rampante a los problemas que conlleva Der Weisee Angel, el ángel de la muerte de los narcos y la inseguridad en las calles.

 

Los elementos trazadores de la vida en Panamá son el oxígeno y el dólar. Es legítimo, a mí también me gusta respirar y reniego del comunismo. No obstante, cuando la macroeconomía no te deja ver los árboles, cuando la vida se rinde a la glotonería insaciable, a la inmoralidad y narcisismo de un capitalismo que no llega a ser morigerado por el servicio público, por la cultura, por el arte, por el compromiso social, cuando la tele impone unos modelos de consumismo que nos enjaulan, cuando las únicas risas son las franquiciadas de las teleseries, tenemos un problema. Panamá no puede ser únicamente una sociedad funcional porque tiene los elementos necesarios, situación estratégica, riqueza, luz, belleza, agua… para convertirse en un pequeño país que haga grandes políticas y cierta producción de grandeza. Finlandia lo ha logrado, ¿por qué no Panamá, que posee más recursos? Los panameños no pueden convertirse en hombres desnudos al sol, privados de sentido e historia. Los panameños no deben limitarse a ser oyentes, sino que han de transformarse en interlocutores. Los panameños saben cantar, ¿por qué se dedican únicamente a solfear? En la Constitución americana el comercio y la virtud son parejas, y el capitalismo es inseparable de la moral cívica, algo que yo no acabo de descubrir en el país. Pero no porque no haya gente dispuesta a robar el fuego, estos existen, cómo no, y yo he tomado copas con ellos, y son los mismos que están dispuestos a que les roan las entrañas por tal pecado. Los mismos que aman a su patria sin agresividad o proselitismo, y que saben que nadie está seguro escondiéndose. Ellos ven a Panamá con ojos del poeta y del ingeniero, del rebelde y del magnate, del devoto y del traidor. Mi cuita se halla en cuándo se decidirán a cambiar esta ley de piñón fijo. La realidad no existen per se, la realidad se crea; las tradiciones y costumbres están romperlas. Lo único necesario es la voluntad.


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462492
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América