L os nuevos comienzos siempre dan un poquito de miedo. Te paras y miras alrededor, con la colita entre las patas y husmeas. Tienes los pelillos de la nuca erizados y te sobresaltas por cualquier cosa.
No nos gustan los cambios, solemos estar cómodos en el mismo sillón, en el mismo lado de la cama, pero la vida es muy curiosa y a veces a los dioses les divierte hacer temblar tu suelo para ver cómo reaccionas. De modo que aquí estoy. Acostumbrándome a mi nuevo hogar, apenas escudriñando en los recovecos para aprenderme sus nuevas reglas. Permítanme una semana para acomodarme, para marcar con mi olor el territorio, para girar sobre mí misma hasta lograr hacer mi hueco perfecto.
Para los que preguntan, les diré que no hay tragedias, no hay batallitas que contar, solo un nuevo comienzo, un nuevo reto, las cosquillas de lo desconocido y el deseo de seguir aullando con mi voz completa.
Para los que aún no me conocen, quisiera decir que tengo muchos defectos, soy una loba gris que no suele encajar en el resto de la manada, pero que también aúlla cuando debería callar y suele hacerlo en contrapunto a todos los demás.
De modo que me presento ante ustedes hoy con mis manos abiertas y mi voz preparada, dispuesta a decir lo que otros no dicen, sin temor y sin vergüenza. Sin miedo a las represalias y sin cálculo de consecuencias. Escribiendo las palabras enteras y las frases completas. Sin preocuparme de chocar con otras opiniones. Loca por incordiar.
Deseando marcar territorio, asustar a las hienas y reunir a los míos. Síganme los buenos. Síganme los que no tienen prejuicios ni doble moral, síganme los que no tienen amo ni bozal, los que no temen al látigo ni a los rayos tonantes cayendo del Olimpo. Los que no temen dar al César lo que es del César, ni decirle al César que es un simple mortal encontrarán en mi aullido un acicate.
Puede que mis palabras les choquen a algunos. Puede ser también que choquen con opiniones, que choquen con creencias o con muros de hormigón armado. Los choques no siempre son malos, a veces los choques provocan explosiones y las explosiones a veces crean universos. Los humanos somos frágiles (o inseguros) y tenemos miedo de que los choques nos hagan pupa. Tenemos miedo a las confrontaciones quizás porque tememos que hagan que nuestras convicciones se tambaleen, y si nos quedamos sin convicciones, entonces, ¡oh!, entonces ¿quién podrá ayudarnos? Pero ojalá esos choques provocados por mis aullidos sean tan fuertes que estremezcan un par de conciencias adormecidas. Me encantaría hacer dudar a varios de los que han creído toda la vida, quisiera poder desenmascarar algunos falsos mesías y salvadores impolutos, y convencer a unos cuantos de que sobrevivirán a la pérdida de sus seguridades.
No acepto sugerencias ni vetos, y les diré que, decirme que no haga algo es la mejor manera de impulsarme a hacerlo. Ya ven, todos tenemos algún defectillo. Y yo tengo montones.
No siempre leerán en esta columna lo que esperan leer, a veces se preguntarán por qué continúan leyendo, pero si al terminar de leerla aún le dedican un par de pensamientos, así sea para opinar en contra de lo que escribí, entonces es que algo he hecho bien.
No espero que a todos les simpatice esta columna, no espero hacer amigos. Acérquense a mi guarida aquellos a los que les gusta mi aullido, y los que no, bueno, esos siempre tienen la opción de buscar otras columnas donde ladren de forma diferente.