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Pablo Neruda,en la Isla Negra

Fundada por el poeta en esa franja de tierra, la más inspiradora de sus moradas fue el cofre en el que atesoró la alegría y hasta los sonidos de la infancia. Allí fue, según su compatriota, un coleccionista “lírico” de sensaciones.


Pasando entre viñas de uvas /que crecen desnudas /del porte de un sol / voy hacia Isla Negra / buscando un poco/ de inspiración / allá en algún rincón /nacerá una simple canción/ que anotaré en mi cuaderno /regalo/ del invierno /chileno/ no cabe ninguna duda/ que en la casa de Neruda / habrá versos de fuego/ de alegría y de pena /sobre esta Isla Negra / que no es isla /ni es negra/ sino capricho /del poeta.

El fragmento de esta canción, llamada Chile, la escribí para Toquinho. La cito hoy sólo a modo de alerta para los cientos de miles de curiosos y adictos a la poesía de Neruda que sueñan con llegar a una suerte de isla embrujada, como la de La Tempestad de Shakespeare, donde en medio de un luto de terciopelo medieval surgirán por todas partes las imágenes luminosas del Premio Nobel.

Está claro que Isla Negra no puede llamarse una ciudad, y hablando en rigor, ni siquiera un pueblo. Es una tranquila villa frente al mar, poblada acaso por un par de miles de personas que tienen allí sus residencias costeñas. Nada ampulosa, casas más bien sencillas y sólo un par algo más que modestas. Cuando Neruda la avistó desde el mar en una excursión que hizo desde Santiago, la casita era una humilde construcción de madera perteneciente al marinero Eladio Sobrino.

 

Don Pablo la adquirió pensando refugiarse allí con sus musas, lejos del alboroto que su poesía y su actividad política comenzaban a causar. Estamos muy lejos de su Premio Nobel, en 1971. Y a años luz de esa casa que hoy es un sofisticado museo visitado por turistas de todo el mundo que sienten que no han estado en Chile si no pisan el hogar del poeta.

A Isla Negra se llega desde Santiago por una confortable autopista en poco más de una hora. Hay allí una hostería que regentea la folklorista Charo Cofré. Son humildes habitaciones al alcance de todo bolsillo. Este minimalismo se compensa con una comida chilena de empanadas del tamaño de un “punching ball”, caldillos de congrio y otros mariscos y peces que únicamente parecen sobrevivir en la costa chilena. El mar de esta angosta faja de tierra es la guarida de muchas especies marinas que quizá no alcanzaron a huir de aquí porque lo más cercano hacia el oeste vendría siendo Australia.

Por muy pez que uno sea, yo creo que se la piensa dos veces antes de emprender el viaje. No hay ninguna razón especial en este país –que a ratos parece tener sólo mar y cordillera– para ir a Isla Negra como no sea para dejarse bautizar en el territorio mítico que fundó Neruda. Como playa, es total y absolutamente imbañable. La corriente puede desnucarlo a uno contra las milenarias rocas que abruptas se ofrecen a las olas –verdaderas catedrales saladas– para que revienten en ellas. Sumando y restando, fue ese oleaje el que atrajo a Neruda a este espacio, porque ese mar que dice sí y que dice no, no, no con siete lenguas verdes de siete tigres verdes fue la sístole y diástole de toda su obra. Ya melancólicamente agónico reflexiona en una estrofa: “Yo vuelvo al mar envuelto por el cielo, el silencio entre una y otra ola establece un silencio peligroso: muere la vida, se aquieta la sangre hasta que rompe el nuevo movimiento y resuena la voz del infinito”.

 

Casi así al final de su vida, debilitado por el cáncer en la Embajada de Chile en París, añora lleno de angustia el mar de su Isla Negra, pues los otros mares están “rodeados de ciudades tristes cuyas olas no saben matar ni cargarse de sal y sonido”.

Esta imagen parece un autorretrato de la intimidad creadora del poeta: interiorizaba el espectáculo de ese mar para nutrir de ánimo sus metáforas con las que cautivó al mundo. Cuando Neruda se traslada a Isla Negra haciéndola su vivienda favorita entre las tres casas que posee en Chile, su objetivo mayor es “la alegría”. Va a entregarse por entero a ese sentimiento que espera dejar por herencia principal a su pueblo y a su propia amada Matilde: “No quiero que muera mi herencia de alegría”. Toda la decoración de la casa es una celebración ritual, abigarrada de objetos, mascarones de proa, caracolas, astrolabios, cerámicas, copas, vidrios repujados, cuadros, afiches, disfraces, destinados a poblar un mundo donde el poeta jugará con sus objetos, como un niño con sus trofeos más preciados.

La vida de Isla Negra de Neruda intenta en todo sentido una recuperación sintética y esencial de su existencia: no faltan los recuerdos de la infancia que atesora en obsesiones que consigue materializar: está el caballo azul que cuando pequeño admiró en la puerta de una talabartería en Temuco y que consiguió décadas más tarde sin la cola, chamuscada en un incendio. Cuando lo trae a Isla Negra “descolado”, propone a sus amigos más íntimos que aporten a como dé lugar una cola. Tres de ellos lo hacen. El poeta no quiere defraudar a ninguno. Así el caballo azul tiene tres colas.

 

Trae las cosas del pasado con la fiebre de un coleccionista “lírico”: no junta objetos sólo por la belleza de sus formas, sino porque marcaron e hirieron su intimidad de tal manera que en ellos ve la permanencia del pasado en el presente, la garantía de que el tiempo fugaz se decanta en símbolos que puede tocar. Por eso tiene el vicio de la posesión: no puede estar sin las cosas. Ellas son la corte de su reino frente al mar. Cada objeto en Isla Negra trae consigo una leyenda: el amplia alma del poeta se apoya en esa materialidad para inventar.

La comarca de Neruda en Isla Negra es un magneto de tiempo, de mundo, de universo, de naturaleza. El poeta aspira en sus pulmones épicos la inmensidad de su pobre pasado de hijo de ferroviario (esa locomotora “Walt Whitman” que mantiene en el jardín) como la lujuria de sus viajes por Europa y Asia. Todo lo mezcla, lo disímil encuentra una unidad sólo en su poesía. Su creación tan alada está muy cerca de la tierra. Pero sobre todo del mar: allí viven los restos de un naufragio usados como escritorios, timones, caracolas, aves oceánicas.

A partir de Isla Negra, Neruda decide concentrar toda su energía para ser otro: quiere huir del joven melancólico que vivía en el fatigado barrio santiaguino de Maruri, decide someter su natural inclinación a la tristeza al buen humor de la naturaleza.

 

Sus odas son la más perfecta reconciliación del hombre con su entorno natural: hombre y naturaleza están ahí para encantarse mutuamente. Con las Odas quiere enseñarnos a todos a jugar con la imaginación: Isla Negra es la capital de un país llamado Metáfora: El “gato” será un mínimo tigre de salón, el policía secreto de las habitaciones, el sultán de los tejados eróticos. Las alcachofas serán bruñidos guerreros y el aire es transparente porque nos muestra lo que viene mañana: esa tierra fraternal y utópica a la que le dedicó sus convicciones políticas.

Si su vida en Isla Negra es un ejercicio permanente en recopilar sensaciones y emociones privadas o colectivas, es al mismo tiempo la inhalación profunda con que el poeta recupera lo que ha esparcido por el mundo. Isla Negra es pequeña; alcanza para pasear por la playa, ir hacia la caleta del pueblo vecino a bromear con los pescadores, adquirir mariscos y peces frescos, avanzar en un incómodo auto hacia el puerto de San Antonio para comprar algún utensilio doméstico.

Un día vuelve con un camión trayendo una puerta. Su esposa Matilde le pregunta desesperada: “¿Dónde la vas a poner?”

Neruda: “Construiré una nueva pieza”.

Así fue creciendo la casa de Isla Negra hasta ser lo que es hoy: sin plan evidente, o acaso con uno secreto. A medida que Neruda envejecía y el mundo conflictivo a su alrededor se informaba (tensa guerra fría, la utopía comunista manchada de stalinismo, el Golpe Militar de Pinochet latente), va moviendo su exposición luminosa a rincones cada vez más íntimos. La última habitación que construye evoca casi la caparazón de los caracoles: se envuelve sobre sí mismo, y pide a los albañiles que pongan en el techo antiguas calaminas para sentir la lluvia con la misma violencia de la precaria vivienda de su infancia. Nada de máquina de escribir; meticulosa y dúctil lapicera con tinta verde. Neruda con su expansión mundial, su cultura, sus relaciones, sus intervenciones en la historia mundial –desde la Guerra Civil de España hasta su discurso en Nueva York (“Vengo a renegociar mi deuda poética con Walt Whitman”)–, su Premio Nobel en 1971, su Embajada en Francia, la gloria de millones de lectores que aquí y allá a veces sin saber cómo ni de dónde citan de memoria sus versos, podría haber sido el dínamo de cualquier metrópolis del universo.

Don Pablo optó por el lugar más pequeño del planeta. Pero atención: cuando no estaba en el amplio mundo –actuando en él, influyéndolo, deleitándolo– el ancho mundo vino una y otra vez a él.

Isla Negra era al comienzo sólo paseos por la playa, discusiones con los dirigentes políticos, conversaciones con los comerciantes, diálogos chispeantes con las bordadoras de “la isla”, tejedoras de arpilleras que sacaron a las calles obras insignes en su pureza, radiantes de una alegría que sobrepasó muchos padecimientos.

Pero ya antes del Nobel, Isla Negra era el mundo: el lugar más universal de Chile.

Un poco más allá de la casa del poeta se extienden terrenos aún vacíos que Neruda adquirió para construir su “Camelot”: iba a ser el reino de la eterna primavera, un lugar utópico donde los poetas vendrían por largas temporadas a escribir, a vivir, a convivir.

Tendrían sus cuartos, sus comedores, sus salones de lectura.

Seguro que un bar abierto. El sueño se llamaba “Cantalao” y en la nueva democracia chilena tras el pinochetismo, el sueño sigue irreal: no se ha construido ese semillero de imaginaciones que Neruda diseñó. Quizás ha habido otras urgencias. Acaso hubo un mediocre demás y un talento de menos en la “política cultural”.

Cantalao fue el sueño inconcluso de Neruda. Una mano fraternal extendida a colegas sin su fama para que disfrutaran del lenguaje y del ruidoso silencio del mar, pensando que allí se gestarían obras tan significativas como las que él elaboró.

Pero si Isla Negra es pequeña, Neruda la multiplicó miles de veces: todos –everybody and his brother– llegaron hasta allí: cientos de escritores europeos, latinoamericanos, orientales, africanos. Los más relevantes políticos universales. El mundo se decantó en Isla Negra y se sigue volcando en los cientos de miles de visitantes que vienen cada año. A metros de la casa está la tumba de Neruda y la de Matilde, después que el poeta fuera rescatado de un lugar irrelevante que los golpistas habían destinado para sus restos.

Durante la dictadura de Pinochet los jóvenes enamorados escribieron en las maderas de las verjas de su jardín palabras de cariño hacia el poeta ausente; allí también habían entrado los militares el día del Golpe metralleta en mano para auscultar la casa del poeta agonizante.

Quizá nada precise mejor el carácter inconmensurable de la pequeña Isla Negra de don Pablo que el graffiti de ese genio anónimo que escribió temblando sobre su puerta: “Neruda no es chileno, Chile es nerudiano”.

Próxima entrega:

José Saramago en Lanzarote


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América