D esde esta columna dominical, así como ayer hablábamos de libros y lecturas, ahora hablaremos de la lengua común, de las herramientas que la lustran, de cómo propiciar su dominio para llevar con mejor éxito el mensaje al receptor. Asumo este espacio consciente de la responsabilidad que significa escribir aquí sobre un tema tan trascendental, en especial sabiendo que lo hago tras la huella de mi fraternal amigo Rodolfo de Gracia; pero, además, conocedor como soy de la gran necesidad que existe en el medio de una labor orientadora en el campo de la comunicación oral y escrita.
Hemos escogido el título, “Red de palabras” por la sorprendente multiplicidad de significados con que cuentan los dos sustantivos que lo integran. Si red es obstáculo para el pez, es al mismo tiempo herramienta para el pescador. Una red puede marcar el principio del fin para la presa que cae envuelta en ella, pero el mismo concepto representa el inicio de un conjunto de esfuerzos que se potencian con la participación de otros o, más allá, es también un sistema de comunicación capaz de abarcar el mundo.
Por su parte, cuánta significación hay tras la voz “palabra”. “¡Palabra!”, dice alguien y la expresión enseguida se toma como un juramento; al menos esa quiere ser la intención del hablante. “¡Palabra!”, y rematando así pensamos que ponemos el sello de legitimidad a lo ya dicho, aun cuando tenga visos de ficción. “Abran La Palabra”, pedirá el oficiante, y los demás completaremos la idea, sabiendo que se refiere a lo que nos ha dicho Dios. “Palabra pública”, anuncia Victoriano ante la muerte, y resume su vida en los pocos segundos que le conceden los fusiles.
“Red de palabras”, agrego yo, y anuncio las posibilidades de nuestra lengua: desde caer vencidos ante ella hasta ampliar nuestras capacidades a través de ella; pasando, claro está, por la siempre abierta oportunidad de hacerla herramienta valiosa.
La importancia de la palabra no ha disminuido; al contrario. Sigue vigente un nexo directo entre la palabra como concepto y una serie de ideas humanas relacionadas con la verdad y con lo divino. Sabemos cuán importante es; sin embargo, su cotidiano uso nos lleva a perder el sentido de su valor, a degradarla, a agredirla.
Pero no es hora de desmayar; al contrario, es el momento de unir esfuerzos, de convocar voces para llevar el mensaje que realce el lugar de honor que ocupa la palabra entre nuestras facultades. Desde aquí decimos presente.
A partir del hoy, no solo trataremos la preceptiva del idioma, el conjunto de normas que lo forman, sino que comentaremos los buenos o malos usos que hagamos de esta herramienta, aspirando siempre a ser vías para alcanzar mejores campos, antes que obstáculo para su desempeño. Y, claro, aspiramos a mantener un necesario diálogo con los selectos lectores de díaD, el mejor suplemento cultural de los domingos.
¡Que la palabra te acompañe!