La tricolor fue el emblema predominante durante la caravana que transitó por las distintas arterias vehiculares de la ciudad capital.
Niños, hombres y mujeres, con globos, cámaras y el emblema patrio, saludaron a Irving Saladino, el atleta que un día se reencontró con su pueblo.
Una decena de motociclistas abría el paso, mientras que una camioneta color negro transportaba al orgullo panameño, quien saludaba a todos.
El brillo del oro olímpico solamente era opacado por el destello de felicidad que provenía de la sonrisa del atleta de Colón.
Sin dudas, un día que ni Irving, ni el pueblo panameño podrán olvidar.