En Panamá, andamos. Sí, andamos porque los perros ladran, como le decía Don Quijote a Sancho. Andamos porque muchos perros ladran contra la cultura, contra la búsqueda de la identidad, contra las ganas de derrotar la ignorancia. Perros que ladran con su dinero para acallar el crecimiento del intelecto, que en sus dentelladas arrebatadas de rabia se llaman a sí mismos escritores “más leídos” o que se instalan en una Academia para darse a sí mismos un escenario donde interpretar su monólogo fantasioso de “prodigios discurseros de la pluma” para recibir el aplauso de los lambones de turno.
Sí, en Panamá andamos, porque los “rofiones” políticos ya no tienen otro lenguaje contra la razón democrática que la brutalidad y el insulto. No representan ya a la sociedad panameña sino sus propios intereses y los de sus clientes a los que les han vendido lo que queda de nuestro país. Ladran sí, porque hemos decidido avanzar hacia una postura crítica con lo que ocurre.
He constatado que lo que me arde a mí desde este orilla es lo que arde en esa otra. Vemos a nuestro país en una danza de cifras y dólares mentirosos que insisten, como ya hemos dicho, en hacernos pasar por un país que crece. Mentira, lo único sostenible para la mayoría de nuestros políticos, es pobreza, corrupción e ignorancia. Lo he visto de cerca, lo he visto en Panamá y en Colón, lo he visto en los tranques infinitos casi, lo he visto en los elevados precios y en los precarios sueldos. Panamá arde acá y allá porque lo que es injusto lo es se mire por donde se mire.
Se descalabra la Educación pública. Nadie sale para evitarlo. Pero nos dan un premiecito, y todos tan contentos, durante el Congreso de la Lengua. Nos contentamos con poco, es lo que pasa. Nos seducen con espejitos como hace quinientos años. Tenemos unas miras tan pobres que todo lo que hacemos queda sepultado bajo una gruesa capa de autocomplacencia. Ya nos ladrarán los entusiastas de la ignorancia.
Pero he visto a un grupo de verdaderos intelectuales panameños pelear con las circunstancias, hacerse titanes ante la plata y las influencias de los mancha páginas discursivos y vestidos de rojo. Les he visto en el empeño de subir nuestro nivel intelectual y marchar hacia la excelencia. Dejar a un lado libritos moralizantes y absurdos, carentes de estructura técnica y sentido estético para emprender una narración de nuestra identidad coherente, universal y estéticamente atractiva. Intelectuales estos que están, que estamos, dispuestos, por encima del oropel de escritores y sesudos pensadores de plástico, a poner a Panamá en el lugar correcto, no en el lugar donde quieren situarlo los vendedores a saldo.
Del descalabro, no nos va a salvar un Gobierno con políticas subterráneas en cultura. No nos van a salvar las obritas de ciertos ricos metidos a escritores que no tienen recursos estéticos, ni técnicos, ni intelectuales, que exhiben gran vanidad y fausto sin tener posibles para ello, para ser escritores. Lo que nos va a salvar es el talento, las ganas de tomar la historia por los cuernos y someterla. Lo que va a salvarnos, es tomar conciencia de que nuestra posición no debe ser la de una vanidad autocomplaciente, si no la de un compromiso genuino y sostenido con lo que significa ser panameños, con nuestra identidad, que está siendo constantemente puesta en duda.
Caminaremos, sí, ladre quien ladre, le pese a quien le pese. Desfaremos entuertos, como Don Quijote, atacaremos gigantes disfrazados de molinos de viento, levantaremos la voz para que nadie se llame a equívoco. Panamá necesita este compromiso cuanto antes, antes de que los entusiastas de la ignorancia, se queden con todo.