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‘Papá, queremos ir al estadio de béisbol’


Un domingo normal. Un día de familia en el que el desayuno es una reunión plenaria, entre padre, madre e hijos.

Carlos es un panameño de clase media, quien se rompe el lomo todos los días junto a su esposa, para llevar paz y tranquilidad a sus dos niños. Carlos es padre de Pedro y José, dos pequeños traviesos de 9 y 10 años, que aman el béisbol.

 

Ese domingo, luego de comerse todo el desayuno, condición primaria para pararse de la mesa, Pedro y José hacen una petición especial: “Papá, queremos ir al estadio de béisbol”. A lo que Carlos asiente con la cabeza, para alegría de ellos.

Ya con el compromiso y con una excusa, para unas cervecitas ese domingo, Carlos sale de la casa a las dos de la tarde, porque el partido arrancará a las cuatro en punto. Panamá Metro vs. Los Santos, es el menú que presenta el torneo.

Antes de llegar al estadio Carlos se detiene en la gasolinera. Su auto necesita combustible. De a poco ve como la aguja de la gasolina sube a medio tanque, con quince dólares de gasolina, es el primer gasto, sin aún escuchar la voz de “playball” en el Rod Carew.

 

El tranque hacia el estadio es un tedio. Carros pitan y la gasolina se gasta, los niños se impacientan y aún no se ven las luces del “coloso de Cerro Patacón”. Luego de veinte minutos de sufrimiento previo, se llega al estadio. Pedro y José se bajan primero del auto, mientras que Carlos se estaciona fuera de la cerca perimetral del coliseo. Al poner el pie izquierdo en el pasto, se escucha... “Papá, queremos una gorra”. El vendedor sonríe... una venta segura. Y es que un padre no le dice no a un capricho de su hijo. Carlos tira por su cartera, son dos gorras, cada gorra representativa de un equipo tiene un costo de 10 dólares. Son 20 dólares. Ya van 35 dólares gastados y aún no se da el primer lanzamiento del partido.

Ya en la taquilla, un respiro para Carlos, ambos chicos no pagan, ya que los niños menores de 12 años acompañados por un adulto, no pagan en esta temporada. Ufff... ¡te salvaste Carlitos! Pero la entrada de Carlos costó cinco dólares. Ya van 40 dólares y apenas se canta el himno.

Con los cintillos y con unos excelentes asientos, detrás del plato, Carlos, Pedro y José toman sus puestos. Luego de escuchar las gloriosas notas del himno nacional y de deleitarse con esa composición musical de Jerónimo de la Ossa y Santos Jorge, se escucha otro llamado... “Papá, ¿me compras un millo y una soda?”. José quería millo. En el estadio la bolsita de millo tiene un costo de 2 dólares y la soda (medio aguada), cuesta 1 dólar. Ya van 43 dólares y apenas calienta el lanzador. Pedro ve a José contento con su “burundanga” y se le antoja algo. De pronto, como por arte de magia, pasa el vendedor de hamburguesas y adivinen, Pedro quiere una hamburguesa y soda. La hamburguesa cuesta dos dólares y la soda un dólar. Ya van 46 dólares y por fin se oye... "¡playball! ".

 

Con los niños entretenidos, Carlos da una mirada alrededor, mira a las chicas de las butacas de la izquierda, se imagina algo y levanta su mano... “Una cerveza por favor”. Se acerca un vendedor, que de un “cooler” de "foam", saca una “rubia” en vaso y se la ofrece. La cerveza en vaso, medio fría y con un poco de agua de ñapa, te cuesta en el estadio 2 dólares. Sumando Carlos ha gastado 48 dólares y sólo va un episodio.

Con lo que ha gastado nuestro personaje atiende el partido y corea un par de jugadas. En el tercer episodio, José terminó su millo y su soda. Como todos los que hemos comido palomitas de maíz, sabemos que dan sed y se necesita agua. Venga el agua. La botellita de agua de 600 ml en el estadio está a dólar.

Con tres episodios y perdiendo Panamá Metro -cosa que no le gusta a Carlos-, y con dos vasos de cerveza más, ha gastado 49 dólares.

 

Quinto episodio, viene Metro a la carga, tres hombres en base, con un "out", Carlos se animó y va por su cuarta cerveza, es un dólar más. Cansado y con la cerveza, pasa el señor de los algodones de azúcar. Cada algodón es de 1 dólar. Pedro y José piden su algodón, más el cuarto vaso de cerveza, son tres dólares más. Se fue el episodio y con una doble matanza para acabar el episodio, Carlos llega a la suma de 52 dólares. Ya a estas alturas del partido Carlos ha logrado gastarse dos dólares por encima de la mitad del centenar de dólares.

El sólo se ha tomado cuatro vasos de cerveza, el vendedor ágil y muy inteligente le ofrece un cubetazo de cerveza, esta especialidad tiene un costo de 24 dólares, Carlos no cae y se ahorró esos dólares, para seguir complaciendo a sus niños.

Estos no esperan. Con un poco de hambre, se ponen de acuerdo y piden una cajita de pollo. Esta cajita de pollo trae dos presas, frías, pero sin soda. O sea que la soda se vende por separado. Traducido al bolsillo de Carlos son 10 dólares de un tajo. A la altura del sexto episodio Carlos está molesto, su equipo pierde, no reacciona y ya ha gastado 62 dólares en una noche. Verdaderamente, el domingo está saliendo caro.

En el séptimo episodio un "foul", Carlos lo atrapa, es el héroe de José y Pedro. Carlos no sabe lo que le costará haber atrapado esa pelota.

Carlos, triste, ve cómo a su equipo se le escapa el triunfo de las manos, decide comprarse otra cerveza, para aplacar su molestia y despedirse de sus jugadores. Otro dólar más a la cuenta de este humilde panameño. Aunque la cerveza está completamente aguada, Carlos se la toma y se despide. 56 dólares fue la cuenta final de este “trip” dominguero, aunque la felicidad de este padre es ver a sus hijos reídos y contentos, aunque vean el juego de vez en cuando, por estar en sus corrinches de niños.

“Gracias papá por habernos traído al estadio... Te queremos mucho”. Estas palabras alivian más el pesar de la derrota del equipo de Carlos y lo llevan con calma hacia su casa.

¿Recuerdan aquella pelotita del séptimo episodio? Bueno, esa “blanquita” trajo repercusiones. “Papá, ahora con la pelota, necesitamos manillas y bate para jugar al béisbol en casa”...

En sus tiempos.
Pero a Carlos no le importa porque sus hijos son primero y quiere repetir lo que su padre Alfonso hacia con él de niño. El señor Alfonso llevaba a Carlos al Estadio Juan Demóstenes Arosemena (JDA), en Curundú. Pero Carlos no sopesa que en los años 80, ir al estadio JDA era barato. La entrada de los adultos costaba dos dólares y la de los niños un dólar. Las cuatro cervezas que se tomó tenían un costo de 50 centavos, o sea que hubiese gastado 2 dólares. Si quería millo, estos costaban 25 centavos. Es más, si no querías millo, podías salir del estadio, al kiosco o cualquier puesto de venta, y la carne en palito tenía un costo de 25 centavos. Si ibas al kiosco con un dólar, te podías comprar dos hojaldres con un pedazo de carne más soda. Tiempos aquellos.

El señor Adolfo asistía al estadio con 20 dólares y podía costear los caprichos del hijo sin ningún problema.

Sin contar que el pasaje para llegar al estadio era de 15 centavos, o sea 60 centavos de ida y vuelta.

El señor Alfonso, como lo hace Carlos, nunca escatimó en dinero para correrle los gustos a su hijo.

Alfonso salía del estadio con su hijo agarrado de la mano, contento con el Metro de Rodrigo Merón y Rodrigo Orozco, porque habían ganado, a diferencia de estos tiempos, cuando a la salida del estadio, esa plata hará falta en la casa.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América