Escribir creativamente es una manera virtual de ordenar el mundo, de descubrir sus maravillas y sus contradicciones, de auscultar la manifestación de sus absurdos. Es una forma de desplegar nuestras inquietudes más profundas y de celebrar los motivos de nuestra alegría; al hacerlo nos interpretamos a nosotros mismos y mitigamos en no poca medida la angustia.
Escribir es crear espejos que, como es de rigor, reflejan los pormenores de la realidad, aunque en el proceso de hacerlo puedan llegar a distorsionar las certezas y por tanto sacudirnos estrepitosamente el piso bajo los pies; sobre todo cuando esa visión nos involucra espiritual o emocionalmente.
Escribir es darle a las palabras el poder que intrínsecamente tienen pero que a menudo permanece latente hasta que, predispuestos a la creatividad,
las activamos de formas singulares, poco previstas, sugerentes, mediante la magia de la escritura.
Escribir es mirar atentamente, amorosamente, críticamente, hacia afuera y hacia adentro; darle un sentido a lo que vemos, a lo que se descubre. Y por supuesto, organizar los resultados, darles un orden, sacarlos del caos mediante su articulación creativa en el lenguaje.
Escribir es ser nosotros mismos sin ambages, sin tapujo alguno, a fondo, sin temor a las consecuencias; pero también ser el otro, no solo solidariamente sino asumiendo una radical empatía y una ósmosis sin fisuras, hasta despersonalizarnos (exactamente lo que hace un buen actor en escena al convertirse en determinado personaje). En este proceso, escribir es también sorprendernos y a veces incluso aterrarnos ante descubrimientos que no conocíamos y que acaso preferiríamos no saber, pero que la escritura revela en algún momento cuando el texto que vamos creando se materializa y empieza a dictar sus propias pautas.
Escribir, en resumen, es darle vida en una novela, en un cuento, en un poema, a ingredientes dispersos que están vigentes en la cotidianidad, o que simplemente pulula en la mente del creador como posibilidad.
Para ello, como herramientas indispensables de trabajo, memoria e imaginación se funden y confunden; y el lenguaje, henchido de sí, novedosamente se crece.
El resultado será entonces una nueva realidad, apuntalada por las palabras, distinta a aquella otra de la cual procede.