A preciada amiga: me interroga usted sobre un asunto que, por mi oficio, debiera ser un conocimiento ínsito y, aunque intuyo que espera una respuesta clara, breve, y para hoy, menester es que confiese que me resulta difícil encontrar las palabras que satisfarán debidamente su intelectual curiosidad.
“¿Para qué sirve la poesía?”, insiste usted, y ha de causarle asombro verme divagar, tartamudear, rebuscar ideas como en vano esfuerzo. Y comprendo el velo que ensombrece su semblante, de por sí sereno y hermoso, cuando me escucha decir: “Lo ignoro”.
Pero es cierto, estimada amiga, y no me avergüenza tan supina ignorancia. ¿No fue San Agustín, ¡santo y sabio varón!, quien dijo, refiriéndose a la pregunta sobre quién era Dios, que si no se lo preguntaban él lo sabía, pero al preguntárselo ya no? ¿Seré yo más que San Agustín?
Ignoro para qué sirve la poesía, reitero. Sin embargo, apelando a oportunas inferencias, aprovechando lo que otros han dicho sobre el particular, he de ensayar una respuesta, que no es tal, sino nuevas preguntas que se suman a la suya, con el interés de ser, sobre todo, esclarecedoras.
Partamos, cual Sócrates, interrogando: ¿Conoce usted, en la Biblia, el capítulo 1 en el segundo libro de Samuel? Imagino que sí, como dama piadosa. Allí se encuentra el ancestral “Canto del arco”, una endecha más bien, que compuso el rey David como amargo lamento por la muerte de dos amigos: “El arco de Jonatán jamás volvía sin la sangre de los muertos y sin la gordura de los valientes; tampoco volvía vacía la espada de Saúl”. Y para no endechar solo, el soberano ordenó al pueblo que aprendiese ese canto y lo entonara con él.
Sigamos: ¿Leyó usted el libro “María”, de Jorge Isaacs? Recordará entonces el poema “Las hadas” que Efraín declama cerca al oído de su amada: “Ven conmigo a vagar bajo las selvas/ donde las hadas templan mi laúd;/ ellas me han dicho que conmigo sueñas,/ que me harán inmortal si me amas tú”. No habrá olvidado que Efraín dice luego, rememorando esos versos: “parecen conservar aún de María no sé si un aroma; algo como la humedad de sus lágrimas”.
Y una última interrogante, aunque quedan más: ¿Sabe usted que a Gabriela Mistral algunas fuentes le adjudican un evanescente idilio, o una mera atracción platónica según otras voces, con un tal Romelio Ureta, un suicida? Es por esa alma que ella clama a Dios, en deprecación directa, mediante un célebre poema llamado “El ruego”, donde gime: “Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,/ por los seres extraños mi palabra te invoca,/ vengo ahora a pedirte por uno que era mío/, mi vaso de frescura, el panal de mi boca”.
Sí, como dije antes, ignoro para qué sirve la poesía, pero lo intuyo. Siento que es algo grande, propio de todos nosotros, pero escondido en unos más que en otros. Solo cuando el alma se parte por una aflicción, o se estremece con una emoción profunda, surge poesía por la boca de un rey ungido por Jehová; de un joven amante abatido por los cierzos del amor, o de una maestra rural, careada con Dios por el espíritu de un condenado.
La poesía no nos llega, cara amiga, no nos toca; la poesía sale de nosotros; es parte nuestra, como la sangre, como las lágrimas. Quien no sea poeta es porque olvidó serlo, o porque no le llega aún la hora de descubrirlo.
Volviendo a su pregunta, quizás la poesía sirva para recordarnos cuán humanos somos, para garantizarnos que lo somos. Solo para eso.