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“Para subir al cielo...”

“Para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita” Me parece escuchar a Jilma Cecilia cantando con su voz de 1947, esta canción,


Ernesto Endara (Escritor) / Escritor

“Para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita”

Me parece escuchar a Jilma Cecilia cantando con su voz de 1947, esta canción, catalogada como una “Bamba”, cuyas palabras se mezclan con: “Para bailar la Bamba...” y adelante con otras que nunca entendí: “Yo no soy marinero, por ti seré, por ti seré”. ¿Qué demonios significa eso? ¿Qué clase de mujer pide o empuja a un hombre a una profesión para la cual no está preparado y, a lo mejor, no es de su gusto? ¿Será ella desde la borda del barco invitándolo a subir? ¿Compartirá su camarote con el fulano? Raro. Si por ti me enrolo en un barco es para olvidarte, para no verte más. La misma confusión me trae: “para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita”. Seguramente es una fórmula graciosa y elemental como la del fantástico sistema, ideado por Edmund de Rostand, que utiliza Cyrano de Bergerac para elevarse hasta la luna trepando de disco en disco. Teatro, canciones, cuentos, fantasía. La imaginación lo permite todo.

Estas candorosas especulaciones las provoca la renuncia del Papa, que bien podría llamarse abdicación, pues renuncia al poder supremo sobre un estado (extraño que no tuviera un favorito para la sucesión) y, en su caso, a la cabeza de una religión de unos mil doscientos millones de creyentes. Tuvo el valor de pedir perdón por sus defectos y confesar su falta de fuerzas para enfrentar la colosal tarea. Soportar el peso de la corona papal requiere de un cuello vigoroso. Pero no es esa fuerza la que le falta. Son los miles de problemas que no pueden sostener, ni caben en sus pequeñas manos. El más terrible, me parece, es la pedofilia de algunos de sus representantes, problema ligado a la petición de muchos jóvenes (y viejos también) sacerdotes que desean eliminar la imposición del celibato. El que lo suceda heredará los mismos, hasta ahora, insolubles problemas.

Benedicto XVI tiene 86, un año más que la edad en que murió Juan Pablo II. Nunca reforzó su salud con la papaína que tomaba Juan Pablo. Si la Iglesia le permite quitarse ese poder de encima, también debería aceptar la voluntad de los enfermos terminales que ansian morir para no sufrir más. Así vamos, cada quien buscando su escalera para subir al cielo. Cuestión de fantasía.


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863466
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América