Se nos acaba el año y el Instituto Nacional del Cultura (Inac) sigue sin un director general nombrado en propiedad.
Y aunque sabemos que el hábito no hace al monje, en el caso que nos ocupa la investidura o jerarquía pesa mucho cuando se trata de hablar entre pares.
Si para los directores generales de la mayoría de las entidades públicas es un camino cuesta arriba llegar hasta a un ministro, un diputado, o a la contraloría o el Consejo de Gabinete, entonces, para una persona que solo funge como "encargado" es casi imposible alcanzar esos niveles, aunque disfrute de una relación personal con quien lidera el Ejecutivo, como lo ha manifestado Juan Francisco Guerrero, actual director general encargado del Inac.
Esta situación, que viene padeciendo la institución desde mediados de año, es lastimera y confirma que los temas y la industria cultural son mucho menos que el plato de segunda mesa para la actual gestión gubernamental.
Resulta obvio que el director encargado se ha resignado a jugar ese papel imperceptible y de acomodo circunscribiéndose a "un montón de pequeñas" actividades que no trascienden más allá de los desfiles, los tambores, la cantadera, los bailes y otra multiplicidad de tareas de poca monta, cuyo único efecto es crear una sensación de trabajo cuando en realidad lo que se está es fiestando.
Hace un par de meses, cuando tuvimos la oportunidad de entrevistar al señor Guerrero, nos quedó la sensación de que goza de esa inteligencia natural propia de la gente sencilla y bien intencionada, incluso, nos pareció mucho más sensible al tema cultural que sus dos antecesoras, pero necesitamos más de él.
No nos bastan sus buenas intenciones. La cultura necesita que ejerza un liderazgo fuerte, efectivo y visible que permita -si es que ese el problema- que el Ejecutivo lo vea y decida darle la oportunidad de dirigir el Inac con un nombramiento formal o que se nombre a alguien que goce de más confianza e influencia en las filas del gobierno y, por supuesto, de la sociedad.
Dirán que no estamos en el limbo porque al menos hay una persona encargada de la institución, pero eso no es más que un elemento para distraer y darnos la impresión de que se está haciendo algo cuando en realidad no está pasando nada.