Pues si no nos la da, debería de dárnosla. Porque insisto en que estamos construyendo una sociedad de tarados morales. Todos. Entre todos. Colaborando con la causa. Como debe ser. Solidarios y fraternales. Que sí, que se lo digo yo, dentro de unos años (siempre cabe dentro de lo posible que los mayas se hubieran equivocado) esto va a ser un sitio inmundo donde vivir sea un ejercicio de minimización mental y edulcoramiento temprano. Y no estoy hablando ahora de un grupo en concreto, no, estoy hablando en general. Así que ¡hala!, cada uno que agarre lo que le toca y se vaya contento a su casa, a ver si logramos recapacitar a tiempo.
Ha habido un par de acontecimientos en estos días pasados que me han hecho convencerme más si cabe de todo esto que escribí en el párrafo de más arriba. El primero tuvo que ver con un colegio de lerdos mentales que obligaron a una niña a modificar su peinado. ¿De verdad es tan importante si una niña lleva al colegio trenzas, coletas, o un afro deslumbrante y hermoso sin complejos? En mi ignorancia yo solía pensar que el cabello no es más que algo accesorio y que con exigirles a los niños limpieza y que no se les meta en los ojos, bastaba y sobraba. Pues al parecer no. Al parecer el adoctrinamiento en estupidez integral debe conllevar convencer a los infantes de que lo que la naturaleza les dio es malo, que deben domesticarlo, al igual que el colegio hace con sus mentes, alisándolo y echando a perder su personalidad para tratar, quizás, de parecerse a un ideal de perfección foráneo y trasnochado. Yo, en mi ingenuidad naif, pensaba que el peinado no influía en la inteligencia, claro, quizás es que me fijé de pequeña en el cabello enloquecido de Einstein, por ejemplo. Sí, debe ser eso….
Pero hay otro ejemplo de esta doble moral absurda que han secundado muchos a lo largo y ancho de las redes sociales y que algunas mentes brillantes en los medios de comunicación han creído que era noticia: la foto de un futbolista panameño con un fan infantil y una bolsa de plástico donde se dejaba entrever una revista con contenido para personas con criterio formado. ¡Qué escándalo! gritan algunos. ¡Qué vergüenza! replican otros. Qué bajo, qué mal ejemplo para la sociedad. Yo me pregunto, ¿será que todos estos que claman en el desierto son idiotas por convicción o por imposición natural? Yo, en mi candor, creía que un mal ejemplo era darle coima a un policía, robar útiles de tu oficina o escupir en la calle. Pero claro, no debo de tener tan desarrollado el sentido moral como los que vocean porque alguien ha comprado una revista que se vende legalmente. Y no es que esté haciendo cosas indebidas con ella delante del niño, no, no, la lleva en su respectiva bolsita y se toma una foto, de lo más amable. Lo que haga, o no, él con su revista, o con la contraportada y el ombligo de algunos de los diarios del patio, es cosa de cada quien con su conciencia y su baño, pensaba yo. Claro, erróneamente.
Así estamos, puras apariencias. Doble moral ridícula. Una sociedad de fachadas y pantallazos. Fijándonos en lo que asoma por un cartucho y haciendo la vista gorda ante las vergüenzas que hay a la luz del sol. Regulando el peinado en vez de expandir el conocimiento. Sociedad de tarados morales. Una ovación de pie, por favor. Para todos nosotros.