A los panameños se les puede señalar por muchos defectos, menos por el de no ser solidarios.
Son incontables las pruebas a que hemos sido sometidos por la naturaleza o por la negligencia de unos, y nuestra capacidad de respuesta ha sido efectiva, aun en medio de la inexistencia de un patrón de organización que contribuya a que las ayudas sean más inmediatas y eficientes.
Como ya se ha probado que nuestro país no está exento de los embates de la naturaleza, parece que llegó la hora de prepararnos para estas eventualidades.
En ese sentido, sería conveniente comenzar a pensar en la construcción de algunos albergues en puntos clave de la geografía nacional en los que haya almacenamiento de vestimenta y enseres, de los cuales se pueda echar manos cuando se produzcan contingencias como las vividas en diferentes partes de la geografía nacional hace unos días.
La costumbre de apelar a esfuerzos aislados no es buena. Al final, el desgaste es mayor, el envío de los apoyos se hace tedioso, y la consecuente desesperación de quienes esperan por la ayuda es inevitable.
Ojalá que estas experiencias, que cada vez son más frecuentes, motiven a quienes están en posición de tomar decisiones a crear planes y espacios permanentes.
Las escenas de camiones descargando colchones, de gente moviéndose por todos lados como hormigas arreando provisiones, no se compadecen con los niveles de prosperidad y modernismo de los que el país está dotado. Estamos, todos, en la obligación de detenernos a reflexionar sobre lo que debe proceder para hacer más llevadera la penuria, cuando esta se presenta.
Seguramente, siempre habrá voluntad para respaldar a quienes necesitan ayuda, porque esa es la vocación de la mayoría de los panameños, y sin temor a equivocarnos, lo haríamos mejor si sabemos cómo, cuándo y dónde hacerlo. Así que, manos a la obra, para que no sigamos siendo sorprendidos por la madre natura.