“Libertad no es elegir quién será tu amo. Es no tener amo” Richard Stallman
Plusvalía. ¡Vaya palabrita! Aumento de valor. Nada más sencillo ni más complicado.¿Quién decide el valor de las cosas? El consumidor de las cosas, ¿quién más? Esta es una de las irónicas mentiras que se han tejido alrededor de la plusvalía.
Traspasado el umbral del Siglo Veintiuno, las Empresas del mundo (Gobierno también es empresa) se dan golpes en el pecho por su descuido de siglos y deciden por unanimidad que es hora de acabar con la pobreza.
Plusvalía es una palabra sonora y extraña que ha llevado a los hombres a cometer un montón de errores. Hasta en sus aciertos, la palabra plusvalía no deja de tener un fondo incoloro y difícil de definir. Por ejemplo, en España y en Francia, el aumento de valor (plusvalía) de una empresa o negocio por razones inmateriales como fama y marca, el prestigio de buena organización, o porque nunca estalló un acto de corrupción, o de violencia entre sus empleados, se pagará contra una cuenta llamada Fondo de Comercio. ¿Por qué esa vuelta de tuerca? Detectamos una fina ironía en los norteamericanos que llaman a esa plusvalía nada menos que “Goodwill”. ¿Buena voluntad? Avis requete rara en transacciones comerciales.
El significado de plusvalía desde el punto de vista marxista, a pesar del materialismo de su defensor, es más literario que pragmático: “El obrero al servicio del capitalista no se limita a reponer el valor del pago de su fuerza de trabajo, sino que, además crea una plusvalía que se apropia el capitalista y que luego reparte con arreglo a determinadas leyes económicas entre su clase capitalista. Esta plusvalía forma el fondo básico del que emanan la renta del suelo, la ganancia, la acumulación del capital; en una palabra, todas las riquezas consumidas o acumuladas por las clases que no trabajan.
Como sucede siempre, la filosofía brinda una solución de lo más sencilla al problema de la repartición de la plusvalía: bastaría aceptar como práctica general la máxima con que los Siete Sabios de Grecia adornaron la entrada al templo de Minerva: «Nada en exceso». Precisamente, el exceso de ganancia lo debe evitar el capitalista para no provocar la protesta masiva de sus trabajadores que puede convertirse en la paila que cocine el pavo de oro.