La policía brasileña sólo pudo capturar a 28 de los 105 presos que escaparon de la cárcel más grande de América Latina, en Sao Paulo, y las autoridades admitieron ayer que tienen pocas esperanzas de encontrar a los otros. "Fue una fuga bien preparada, y la mayoría de los escapados, especialmente los cabecillas, deben estar lejos, en otras ciudades", dijo un funcionario de la autoridad penitenciaria de Sao Paulo.
Los prisioneros huyeron el domingo a plena luz del día durante la hora de visitas en el sobrepoblado complejo penal Carandirú, en las afueras de Sao Paulo.
Las imágenes de televisión mostraron a los funcionarios abriendo un ducto de drenaje en el asfalto, de donde sacaron unos pantalones y otras ropas. El funcionario no pudo confirmar versiones de la prensa local según las cuales el túnel había sido cavado desde fuera de la cárcel, y que los presos usaron teléfonos celulares para coordinar la fuga con sus allegados afuera.
Los internos capturados eran "fugitivos accidentales", agregó. "Muchos huyen junto a los otros para evitar que los maten, pero no tienen a dónde ir y son fácil de capturar o simplemente se entregan".
La fuga masiva fue el último incidente en el centro penal que fue escenario de la peor masacre carcelaria en Brasil, en 1992, cuando la plicía irrumpió para contener un motín y mató a 111 internos. El jefe de la policía que efectuó la masacre fue sentenciado dos semanas atrás a 632 años de prisión, aunque la ley brasileña fija un límite de 30 años de detención.
En febrero, los presos de Carandirú usaron teléfonos celulares para orquestar el mayor motín carcelario de Brasil, con unos 29,000 internos en diferentes centros de detención delestado de Sao Paulo, donde llamaron la atención sobre las condiciones inhumanas y la falta de seguridad en las cárceles.
Las autoridades anunciaron la demolición del centro de Carandirú dentro de un año. El complejo alberga 7,200 internos pese a que fue construida para menos de la mitad.