Los estigmas y la falta de oportunidades ensombrecen la realidad de los jóvenes y de algunas ciudades panameñas. Por lo menos, esa es una de las conclusiones a las que llega la docente colombiana Mónica Sepúlveda López, tras múltiples contactos con actores de la realidad social en nuestro país, incluyendo el sector privado, líderes civiles y autoridades oficiales.
Sepúlveda se asombra al conocer que, a diferencia de lo que muchos panameños creemos, la ciudad de Colón no es la más violenta del país y refiere que apenas nos estamos asomando a lo que hay que hacer en materia de prevención, pero Panamá tiene probabilidades de que no pase lo mismo que ocurrió en Colombia, si empieza a atacar la delincuencia ya.
Mónica Sepúlveda dictó esta semana en Panamá una conferencia titulada “Alianza público-privada: participación del sector privado en la transformación de Medellín. Día D la abordó y esto fue lo que contó.
¿Estos esfuerzos están dirigidos únicamente a jóvenes en riesgo?
Es para cualquier joven. La propuesta desde la prevención es que no se debe prevenir cuando ya está el problema, sino antes de que se genere. Los datos del Observatorio de Seguridad muestran en sus cifras que Panamá, en los niveles de incidencia de delincuencia, está muy por debajo de las cifras que se manejan en Latinoamérica. Hoy Panamá apenas está empezando a pensar en la violencia.
Pero la gente anda temerosa, ¿ese temor en infundado?
Hay que desarmar al cuco. O sea, nos están generando tanto miedo y el miedo es encerrar, castigar. Pero yo siento que el miedo nos tiene que llevar a prevenir y promover; hay que ir en esa línea. Quienes están muriendo en esos homicidios son jóvenes también. Los datos indican que, del 100% de las personas que mueren en Panamá, el 89% son jóvenes y eso es grave para una sociedad en la que están muriendo sus jóvenes, se está eliminando su futuro.
¿Existe alguna estrategia para frenar esa realidad?
Lo que se busca a través de este foro que promueve la alianza público-privada en la que está el Estado, ONGs, grupos juveniles, la Iglesia, es invitar a todos los actores del país a que pensemos juntos cómo enfrentar la violencia. Pero no enfrentarlos desde la óptica de castigar, desde la mano dura, sino trabajando, no solo con jóvenes que tienen problemas, sino con jóvenes que pueden llegar a tenerlos, porque no estamos construyendo posibilidades.
¿Le parece que en Panamá estamos en el camino adecuado para la prevención?
Creo que Panamá apenas se está asomando a lo que tiene que hacer. Panamá tiene que pensar tres asuntos fundamentales: diseñar políticas públicas de Estado y no de Gobierno; que se piensa en la juventud como un ser integral que hay que atender en salud, educación, cultura, creación y fortalecer el aparato de justicia, porque estamos claros de que si delinquen tienen que pagar. Pero también se requieren políticas de Estado para que quienes estén trabajando con los jóvenes (trabajadores sociales, policía etcétera) puedan entender qué significa ser joven hoy, porque a veces pensamos que ser joven es lo mismo que ayer y los jóvenes están cambiando porque están en un mundo distinto que les oferta otras cosas. Hoy a los jóvenes les están diciendo consuma, consuma, consuma. Entonces, cuando yo soy pobre y quiero consumir, me meto a una banda delincuencial o al narcotráfico, porque ese es dinero fácil. Pero si le planteo otras cosas como: fórmese, estudie, trabaje, contribuya con la comunidad, yo creo que por allí va el asunto.
¿Es un problema que nace en el hogar o fuera de él?
Yo pienso que el problema de la juventud empieza desde que nosotros nos estamos olvidando de ellos. Que de alguna manera no solamente la familia, porque también en la escuela no los escuchan, en la calle los reprimen y los medios de comunicación los estigmatizan. Entonces el problema es que hay una sociedad en general que los está colocando en un lugar de exclusión. Se ha demostrado cómo históricamente las políticas de mano dura lo que han hecho es aumentar los niveles de violencia, porque la violencia genera violencia y la exclusión también genera violencia. El problema no es la familia, la crisis de la educación que no está enseñando las cosas que el joven necesita y los medios lo bombardean con una serie de deseos que no pueden cumplir. El problema de los jóvenes radica en muchos lugares.
El fenómeno de los jóvenes asociados a la delincuencia es que nuestras sociedades a nivel latinoamericano tienen una alta incidencia del narcotráfico que ha permeado todas las capas de la sociedad comprando jueces, jóvenes, reclutando ejércitos y empieza a circular muchísimo dinero fácil y la gente ve que de la noche a la mañana puede acumular para comprar las cosas que le pueden costar toda una vida obtener. El narcotráfico y la venta de armas han deteriorado la sociedad y por eso jóvenes de estrato alto también caen.
¿Hay similitud entre las cifras que ha visto sobre Panamá y las de Colombia?
El problema en Colombia es mucho más grave que el que tiene Panamá. Por eso digo que Panamá tiene muchas probabilidades de que no pase lo mismo que ocurrió en Colombia, si lo empieza a atacar [el problema] ya. Hay una cosa interesante, el Observatorio de Seguridad, que nos mostró una cifra que demuestra que Colón no es la ciudad más violenta de Panamá, una de ellas es Herrera, pero todo el mundo piensa que es Colón: las cifras duras no dicen eso. También nos mostraron que el nivel de homicidios no es tan alto como pensamos, si lo comparamos con otros países. Por ejemplo, en Colombia tenemos hasta ahora 2,000 muertos, aquí no llegan ni a 100. Entonces, la relación casi que no existe. Colombia tiene una situación distinta por la guerrilla, el narcotráfico y la violación de los derechos humanos y la gente asume la justicia por sus propias manos; el asunto es grave. Comparativamente, Panamá tiene muchas posibilidades. Hay que hacer énfasis en instruir formadores, porque no se vale solamente darle la ayuda sin que esté sustentada en un acompañamiento.
En Panamá hay un montón de experiencias que deben ser mostradas para que se vea que no tienen por qué llegar a los niveles de Colombia.
¿Hay una relación entre la cultura y la prevención?
La cultura no es solamente el arte, el espectáculo. Hay que verla como herramienta para el desarrollo, poniendo a los chicos en contacto con la producción artística para desarrollar la creatividad. En Medellín, la escuela Red de Música tiene más de 6 mil jóvenes capacitados en todo tipo de música y, después de 10 años, ninguno de ellos se ha metido en problemas de delincuencia; lo mismo ocurre con aquellos que están en otras actividades artísticas. Eso es porque se meten tanto en su actividad, pensando en ser famosos, en progresar, que el ser parte de bandas delincuenciales no los atrae, no los convoca. Antes decían en Medellín que a través del arte le quitamos chicos a la guerra, ahora se ha cambiado eso y lo que se transmite es que quieren estar más vinculados al arte que estar parados en una esquina fumando marihuana. Está probado, invertir en cultura es invertir en desarrollo.
¿Qué ejemplos de Medellín se pueden aplicar en Panamá?
Escuela de Animación Juvenil, que es una alianza entre entidades públicas y privadas, que consiste en un programa llamado Animación Sociocultural que busca cualificar a los sujetos. En el caso de los jóvenes se les hace capaces de gestionar sus propios proyectos, de capacitar a otros y que incidan en proyectos de socialización de otros. En fin, para que sean actores de desarrollo. Igual hacemos con los adultos para que sepan cómo trabajar con jóvenes reconociendo que ellos tienen ideas y propuestas y que no es lo mismo que cuando yo fui joven. En Panamá, donde hay tanta diversidad, se puede homogenizar la cultura.
¿Habría que ponerse en el lugar de los jóvenes ?
Sí, tiene que ver con que los adultos reconozcamos que los jóvenes son distintos y que ellos entiendan que el adulto tiene otro lugar. Es decir, uno no se tiene que volver adulto, pero tampoco el otro debe convertirse en un adolescente; el punto es entender que adultos y jóvenes construyen país. No se trata de esas miradas “juvenocéntricas” en las que todo lo que hagan los jóvenes es perfecto o “adultocéntricas”, que es todo lo contrario: se trata de complementarse, de reconocerse.
¿Cuáles son las claves para alcanzar estos propósitos?
La educación, que tiene que ser de calidad y que los vea a ellos, los jóvenes, como sujetos. Otro aspecto es el reconocimiento de ellos como personas, la no estigmatización porque no todos los jóvenes de Panamá son violentos, no todos los jóvenes de Colón son violentos. En eso los medios juegan un mal papel al satanizar a los jóvenes, porque son los menos que hacen el mal, pero a esos se les da más visibilidad que a la mayoría que no anda en eso.
Otra clave es que la justicia no castigue, no maltrate, sino que haga las veces de reparación y que las cárceles no se conviertan en escuelas del crimen y finalmente que los adultos logren niveles de interlocución que permitan dialogar más y ser menos autoritarios. Si existieran más normas consensuadas, pudiéramos hacer más pactos que violencia. Si seguimos invirtiendo en seguridad, nos va a matar el cuco. Hay que invertir en cosas que nos permitan recobrar la esperanza.