“Cuando crecen escamas al vientre de la noche” Sinán
Panamá ha dado buena poesía. ¿Qué país no? Es el arte que mejor representa a las naciones. Los poetas no hacen leyes (Atenea los libró de eso), ni resbalan por corrillos políticos, ni vocean necedades, ni cierran calles. Son poetas. Es suficiente. Aunque digan que la poesía no sirve para nada, siempre hay quien la necesite.
Hablo por mí. Si no quiero anquilosarme leyendo estupideces, tengo que pasear de vez en cuando por las avenidas luminosas de la verdadera poesía.
Miró describe el delirio de un ruiseñor enamorado de la luna: “El pájaro suplica, impreca y canta / mientras se multiplica a maravilla / la flauta de su eclógica garganta...” Y cuando de la patria se trata, Miró nos sacude con romántica nostalgia: “la palma rumorosa, la música sabida,/ el huerto ya sin flores, sin hojas, sin verdor”; y la exquisita Esther María Osses le hace dúo: “No es por el aire, mariposa exacta,/ no es por el agua con el pez, intacta,/ donde amanece su primer asombro./ Tal vez aquí, bajo la herida tierra,/ al pie del árbol Panamá se encierra/ en este grito conque yo la nombro”. Los solemnes atabales contestan al poeta Franco cuando pregunta «¿Dónde está la patria?»: “Está aquí como un grito, ¿como un cristal perpetuo de relámpagos?, ¿como un filo especial de roca y sangre?. ¿Está en las humedades de los bajos, en la saloma intacta, en los profundos pies del monte y los caminos”?
¡Ah caminos misteriosos por donde circula la poesía! Sigo a Giovana Benedetti, maga de palabras: “Pero he de llegar allí como si no se oyeran mis latidos. / Como si este perfume de eléboro no fuera de suyo un tormento. / Como si no golpeara entre las cejas ningún río de tambores / ni tarareara el torvo duende su canción en bandolera”.
Para mí nadie describe mejor los viejos lares de doña Gume, con su dramática pero límpida pobreza, que el incomparable Demetrio Herrera Sevillano: “En los alambres practican las ropas sus acrobacias... Su rojo pendón al viento unos fogones levantan. Unos, sus rojos pendones, otros, sus penas opacas”.
Y César Young, capaz de hacer sonreír a un viejo diablo sin cola al tiempo que le arrebata su tridente, logra con sus poemas risueños su fantástico autorretrato: “En esta tarde de mariposas bordadas en el viento. ¡Cálmate ilusión que un día fue mi infancia”.
Ellos son poetas y esto sí es poesía. Lo demás debería estar prohibido.