“Quien no espera vencer, está vencido” Bolívar
Hace cuatro días, el 24 de julio, se cumplió un aniversario más del nacimiento de un hombre extraordinario: Simón Bolívar, el Libertador.
¡Cuánto diera por volver a escuchar la versión de Rafa Aizpurúa de cómo pasó Bolívar los Andes; verlo, con un palo de escoba en la mano –la espada libertadora–, comandar las heroicas batallas de Boyacá, Pichincha, Carabobo y Junín, todo desde el zaguán de su casa!
Cinco países le deben su independencia a Bolivar. Soportó ignominias, traiciones e ingratitudes. El tiempo, a quien Bolívar rindió pleitesía en su “Delirio sobre el Chimborazo”, raspó las vilezas y sacó brillo al oro puro de su efigie histórica. Recuerdo lo que dijo Martí en una reunión en Chicago cuando un grupo de intelectuales (de veneno en la punta de la lengua) derramaba heces sobre El Libertador. ¿Que qué pensaba? Martí sólo dijo: “El sol tiene manchas, los malagradecidos hablan de ellas, los agradecidos hablan de su luz”.
Libertador es el grado más alto que se ha conferido en el escalafón militar. Sólo Bolívar lo ostenta, Nadie como él lo ha merecido tanto.
Hay la posibilidad de que usted no crea en la influencia de los astros en el destino de los hombres. Muchos panameños sí creen, yo no. Para ellos esta rara coincidencia que encontré buscando por encimita: Bolívar nació el mismo mes, dieciocho días después que Julio César, y veinte días antes que Napoleón y Arnulfo Arias (que nacieron un 15 de agosto, igual que la ciudad de Panamá). Bah, pura coincidencia. Tito Piedra también nació en julio y es lo menos guerrero de la bolita del mundo, aunque es agrio como él sólo.
¿Se habrá dicho todo de Bolívar?
No lo creo. La pluma incomparable de Gabo describió sus últimos días. Creo que hace falta una novela de igual calibre que nos describa la epopeya con su más grande amor: la gloria. Persiguió la Libertad con tanto empeño como a la Gloria. Ambas se le rindieron (si es posible que la libertad se rinda). Disfrutó de ambas. Pero ambas, casquivanas y frívolas con los mortales, lo abandonaron en poco tiempo. La Muerte, que cree su deber igualar a los hombres, quedó asombrada al ver cómo la gloria elevó a Simón Bolívar al bronce y al respeto de los hombres que aman la libertad.