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Por la solidaridad en aras de la abolición nuclear

Si queremos dejar atrás una época de terror nuclear, debemos luchar contra el auténtico “enemigo”. Este no lo constituyen las armas nucleares per seni los Estados que las poseen o desarrollan. El verdadero oponente es la clase de pensamiento que justifica el empleo de esas armas.


La única manera de superar el problema de las armas nucleares, que constituyen fuerzas que instigan a la división y a la destrucción del mundo, será el esfuerzo solidario que realicen los ciudadanos comunes para inaugurar, con la energía impulsora de la esperanza, una nueva era en la historia de la humanidad.

Si bien la amenaza de una guerra nuclear global ha disminuido desde la finalización de la Guerra Fría, el número de Estados que poseen armas nucleares casi se ha duplicado desde que el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP) entró en vigencia en 1970. Existen todavía unas veinticinco mil ojivas nucleares alrededor del mundo. Al mismo tiempo, se intensifica cada vez más el temor de que la difusión de la tecnología y de materiales para la elaboración de dichas armas a través del mercado negro propicie la inenarrable pesadilla del terrorismo nuclear.

Desde hace unos años, hay señales de que, finalmente, el mundo está adoptando una postura seria respecto de la eliminación de las armas nucleares. El 24 de septiembre, por ejemplo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas resolvió de manera unánime expresar su determinación de librar al mundo de dichas armas. El hecho de que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, que son a la vez potencias nucleares, hayan votado por adoptar dicha resolución representa un paso adelante sumamente significativo.

 

La Conferencia de Examen del TNP programada para mayo de 2010 será un evento concluyente para determinar si esas señales optimistas se concretan en la forma de un verdadero progreso hacia un mundo sin armas atómicas.

El 8 de septiembre de 1957, mi mentor Josei Toda (1900-1958), segundo presidente de la Soka Gakkai, realizó una apelación histórica por la abolición de las armas nucleares. Su discurso, en el que denunció que dichos armamentos eran un mal absoluto, contiene tres temas que hoy adquieren especial relevancia: la necesidad de transformar la conciencia de los dirigentes políticos; la de compartir una visión en común hacia la erradicación de las armas nucleares y la de establecer la “seguridad humana” a escala global.

Mediante un lenguaje muy contundente –“demonio”, “monstruo”— él denunció a todos aquellos que pretendieran emplear armas nucleares. Si bien los términos pueden parecernos un tanto desconcertantes hoy en día, en realidad traducen la intención del Sr. Toda de poner al descubierto la naturaleza aberrante de la disuasión nuclear, es decir, la fría disposición, calculadora e inhumana, de sacrificar a un inmenso número de seres humanos con tal de garantizar la propia seguridad y el dominio sobre otros.

 

Estoy convencido de que es posible establecer los cimientos de un mundo libre de armas nucleares durante el próximo lustro; y, con ese propósito en la mira, deseo sugerir un plan de cinco partes a los siguientes destinatarios:

1.Los cinco Estados nucleares declarados como tales, para que anuncien su compromiso de adoptar la visión conjunta de un mundo sin armas nucleares, en ocasión de la Conferencia de Examen del TNP de 2010.

2.Las Naciones Unidas, a fin de que establezcan un panel de expertos en abolición nuclear y fortalezcan la colaboración con la sociedad civil en lo concerniente al proceso de desarme.

 

3.Los Estados que integran el TNP para que, desde hoy hasta 2015, refuercen los mecanismos de no proliferación y eliminen los obstáculos que impiden la abolición de las armas nucleares.

4.Todos los Estados, para que trabajen activamente, hasta 2015, a fin de reducir la importancia que revisten las armas nucleares en la cuestión de la seguridad nacional e impulsen a escala global el establecimiento de disposiciones sobre seguridad que no dependan de tales armas.

5.La población mundial, a fin de que establezca, hacia 2015, las normas internacionales que servirán de base para una Convención sobre Armas Nucleares (CAN) y exprese claramente su voluntad de prohibir dichos armamentos.

 

Sin duda, el camino para la adopción de una CAN será escabroso. Sin embargo, en lugar de quedarnos maniatados por la adversidad, debemos actuar ahora mismo para desarrollar un apoyo popular por la prohibición de las armas nucleares tan efusivo, que sea imposible ignorar su reclamo.

En el discurso que pronunció en Praga, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, admitió la responsabilidad moral que le cabía a su país como el único Estado que de hecho había empleado armas nucleares; asimismo, anunció que se reduciría la presencia de tales armamentos en la organización de la seguridad estratégica de los Estados Unidos y urgió a otros países a hacer lo propio.

Sin embargo, cualquier esfuerzo que realicen los Estados Unidos en pos del desarme se complicará, si sus aliados insisten en mantener o fortalecer el “paraguas nuclear”. Esa postura significaría una violación al espíritu del TNP.

Es crítico que los Estados nucleares y sus aliados emprendan deliberaciones minuciosas sobre la prolongación de la política de disuasión. Es necesario que entre todos generen alternativas, comenzando por medidas efectivas destinadas a reducir las tensiones regionales.


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491401
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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