Y yo escribo porque es una de las dos cosas interesantes que puedo hacer con la ropa puesta (la otra es darme un buen baño de aguacero en medio de la calle, sobre todo en estos días). Me divierte escribir, me hace afilar el romo entendimiento y mi gastada imaginación.
Escribo porque desde chiquito me dije: «Si no vas a poder jugar basket a los sesenta, lo mejor que puedes hacer es escribir, que la pluma Sterbrook no pesa nada.» Pero más que todo, escribo porque quiero que me lean. No sólo la mujer amada, también los amigos, los enemigos, los familiares (que son los que menos me leen), los colegas, los trapecistas, los muchachos de la basura (una vez uno de ellos me lo gritó desde el estribo de su oloroso carro), los columnistas que me acompañan (esto me hace sentir que somos de la misma tribu), mi vecino, que a veces confunde lo que escribo con lo que hago. Pero lo ideal es que te lea el que no te conoce. Una de las cosas más inusuales que te puede ocurrir es que sorprendas a uno de tus lectores en el momento en que te lee. Entonces debes mirar su rostro, buscar en él el efecto de tus palabras, desear que se ría a carcajadas, sin pudor, y si es posible que aplauda solo aunque lo consideren loco. Debes acercarte y decirle: «Es todo un articulazo, ¿no?» Y seguramente él te mirará extrañado y te preguntará: «¿Usted lo leyó?» Confesarás con cara de humildad: «Por supuesto, yo lo escribí».
Escribir es manía.
La verdad, escribo porque me divierte. No sé por qué lo hacen quienes afirman que escribir es dolor intenso como el parto. Ya lo dije una vez, si esto me doliera, aunque fuera un poquitito, no llenaría ni un slip para sacar plata del banco.
Escribo porque hasta se me cae la paletilla cuando, por fin, encuentro la frase apropiada, y si logro una buena metáfora, me doy palmaditas en el hombro y, si al poner el punto final a un cuento me pareció muy bueno, me beso las yemas de los dedos.
Escribo porque sentado aquí, acomodando el torrente de mis pensamientos, siento que soy un buen tipo, el mejor Neco posible. Fuera de este solitario ejercicio, me sale la rasquiña, los pequeños y grandes vicios, la maldición y el desdén por los espárragos.