“La población ganará la carrera a la producción” Bertrand Russell
En 1946 éramos cien mil habitantes. La ciudad tenía entonces cuatro playas a la orden: Santo Domingo (calle cuarta), la Pacífico (al costado del Teatro Nacional), Bellavista (dividida en dos por el Colegio Miramar) y San Francisco de la Caleta, dizque con remolinos (que nunca se tragaron a nadie). Además, teníamos ríos para bañarnos: en Juan Díaz, en el Curundú llamado el Veranillo y hasta en El Mataznillo. Otros ríos eran concurridos, pero quedaban lejos (Tocumen, Pacora, Cabra, Mamoní etc.). Vuelvo atrás. Dije el Mataznillo. Difícil de creer ¿no?
Nos bastaba una vieja pelota de tenis para nuestras birrias deportivas; con ella jugábamos frontón; cuarenta y dos en cualquier quicio, y mención (casqueando o no) en la playita del diablo. Todos sabíamos nadar, boxear, apañar, bailar trompos, correr como diablos... y volar cometas. No encendimos el primer cigarrillo sino en quinto año de bachillerato, cuando también pasamos por el gaznate las primeras cervezas. Dábamos besos fugaces a las novias en la oscuridad del cine y apretábamos sus manos (no las tetas). Nunca pasamos (que yo sepa) por la terrible culpa de dejar a una menor embarazada.
Éramos cien mil habitantes. Todos nos conocíamos.
Sentados en la esquina de Perejil, Cucho, Oreste y Toti apostaban al par o non de las placas de los carros que pasaban de vez en cuando.
En toda la ciudad, cuando respirabas, lo que llenaba tus pulmones era aire con aroma de guayaba. Sin saberlo, purificabas la sangre con 21% del oxígeno que contenía aquel aire. Nos bañábamos en el aguacero con la boca abierta para tragar la purísima agua que caía del cielo. Caminabas tranquilo por el Chorrillo o Marañón sin temor a las balas. Si asesinaban a un infeliz, los periódicos hablaban de él durante un año. En la Asamblea, cuarenta diputados hacían buenas leyes y sólo ganaban 500 dólares mensuales.
Finalizando los años cincuenta advirtieron que las playas estaban contaminadas; luego, a finales de los sesenta, prohibieron bañarse y comer los pescados que todavía nadaban en ellas. Después no hubo necesidad de prohibición, desaparecieron los peces y nadie era tan temerario para bañarse en una sopa de virus gris. Los ríos se volvieron cloacas.
¿Qué pasó? ¿De dónde salió tanta contaminación, tanta pobreza, tantos cierres de calles, tantas muertes violentas? ¿Por qué nos ahogamos en corrupción y escándalos? Sencillamente porque crecimos y nos multiplicamos.
Ahora pasamos del millón y yo… suspirando por el ayer.