En nuestra entrega anterior, cuando nos referíamos a la propuesta de trasladar el hipódromo, dijimos que no había que detenerse en la discusión bizantina sobre si la hípica es o no un deporte.
No nos podemos dejar entretener por eso y mucho menos con el tema de que es una “chinguia”, porque no hay deporte en el mundo en el que no se apueste y la mayoría de las veces con el aval estatal.
Nadie que esté en su sano juicio puede oponerse si, efectivamente, la pretensión del presidente se concreta. Las condiciones de arrinconamiento en que se encuentran las instalaciones del hipódromo nos obligan a aceptar que -a pesar de haber llegado antes- ahora está de más.
Y está de más porque en los últimos años, la administración del hipódromo ha sido contemplativa con todo lo que sucedía a su alrededor. Por más de dos años miraron con indiferencia cómo se mantuvo cerrada una de las principales vías de acceso y cómo se bloqueaban todas las calles aledañas.
En este mismo espacio advertimos que el hipódromo estaba corriendo el riesgo de ser el “patito feo” de la Ciudad Deportiva y urgíamos a quienes tenían poder de decisión a que se hicieran las inversiones necesarias para que el hipódromo estuviera a tono con su entorno, pero no sucedió nada en esa dirección. Optaron por ir en contravía.
Sin darnos cuenta, el hipódromo se fue convirtiendo en el “chupadero” de la ciudad. Los hípicos, las familias y la gente de bien comenzaron a ser desplazados por una playa de cantinas y todo lo que esto arrastra consigo.
Para ponerle la cereza al pastel, recientemente acabaron con los pocos estacionamientos que había en la parte exterior del edificio principal, para darle paso a otra cantina. Y así podemos enumerar una serie de decisiones permisivas que lo único que han hecho es desfigurar su imagen.
Así pues, si quieren mudar el hipódromo para refrescarlo, está bien; eso sí, señor presidente, primero construya el nuevo antes de lanzarnos a la calle.