Los guerrilleros colombianos mantenían atados por el cuello a cada uno de los 46 policías prisioneros mientras caminaban penosamente por un estrecho y casi oscurecido camino a través de la selva, en un viaje hacia el fin de dos años y medio de cautiverio.
Enfermos de malaria y con nostalgia tras el prolongado cautiverio en fangosos campamentos de la jungla rodeados por alambres de púas, los prisioneros dicen que aún no puden creer la promesa de los rebeldes de incluirlos en la lista de unos 300 policías y soldados que serán liberados el 28 de junio.
Un equipo de periodistas de Reuters caminó, junto con los policías secuestrados, por la agreste selva del sur de Colombia y fue testigo de la silenciosa y cauta marcha hacia la libertad.
La liberación será parte de un acuerdo humanitario de intercambio de prisioneros suscrito por el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el grupo rebelde más antiguo y numeroso de América Latina.
El destino final de la agotadora caminata fue un improvisado campo de reclusión en medio de la selva, donde los rebeldes pasaron revista a sus secuestrados y se preparaban para la masiva entrega unilateral que se cumplirá en el municipio de La Macarena, en medio de un enclave guerrillero.
DURO VIAJE PARA TODOS
Al final de largo viaje en bote, cansados y congelados, los prisioneros dijeron a Reuters que estaban preocupados por sus oficiales superiores, de los que fueron separados tras ser sacados de las improvisadas prisiones en medio de la jungla.
Temblando mientras aguardaba en la canoa la reanudación de la marcha, Nelson Martínez aseguró que todos estaban tristes porque no tuvieron la oportunidad de despedirse de sus comandantes. Durante los dos días de trayecto en la estrecha embarcación, los presos no tenían ningún lugar para orinar o defecar salvo los bordes de la canoa.
En otro lugar apartado, uno de los máximo comandantes de las FARC, Jorge Briceño, alias "El Mono Jojoy", se dirigió a otro grupo de prisioneros capturados en un ataque a la sureña localidad de Miraflores, en agosto de 1998.
Minutos antes de que llegará Briceño, los hombres de Miraflores fueron reunidos por primera vez desde que los capturaron luego de estar divididos en varios grupos.
Los presos saltaron de alegría, se abrazaron y gritaron mientras los rebeldes los vigilaban con fusiles de asalto. Los prisioneros lucían reservados y serios cuando Briceño les habló. La mayoría, jóvenes de 20 o más años que parecen adolescentes, no sonrieron cuando el jefe rebelde les confirmó que iban a ser liberados.