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¿Puede haber cambios en América Latina sin tomar en cuenta a las fuerzas conservadoras?

El actual escenario parece presentar una disyuntiva: pacto o confrontación, un reto tanto a la izquierda como a la derecha, que si no son capaces de promover entendimientos podrían ser cómplices de situaciones, sino similares, peores a las registradas en los años de las dictaduras.


Las últimas elecciones en el sur del continente reflejan una marcada tendencia del electorado a favor de gobiernos de izquierda: Lula Da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina; Tabaré Vásquez en Uruguay; Hugo Chávez en Venezuela, más recientemente Evo Morales en Bolivia y para el venidero 15 de enero las encuestas en Chile favorecen a la socialista Michelle Bachelet.
Obviamente no son todas izquierdas del mismo sello, pero si tendencias que cubren un espectro que va desde posiciones muy radicales, hasta propuestas bastantes moderadas. Álvaro García Linera, el sociólogo y ex-guerrillero boliviano, por ejemplo, que es tenido como el ideólogo detrás del socialista Evo Morales, inaugura en ese país un lenguaje que no solo apunta con ímpetu hacia las fuerzas conservadoras, sino contra la vieja izquierda a la que califica de fracasada y esquelética. Más moderados Lula y Kirchner podrían ser señalados en la parte menos roja del arcoiris.
Este último tiene el mérito de haber sacado a los argentinos de la crisis más seria que haya registrado ese país en el último siglo. Lula entretanto ha gobernado sin mayores contratiempos a la más grande democracia del sur del continente.
Pero, guardada las proporciones, el escenario de hoy parece conocido. Es como una reedición de finales de los años sesenta e inicios de los setenta, del siglo pasado, cuando comenzaron a aparecer entonces una serie de administraciones también de tendencias izquierdistas: Joao Goulart en Brasil, Juan José Torres en Bolivia, Salvador Allende en Chile, en Perú Juan Velasco Alvarado. En Uruguay estaba en ascenso una alianza centroizquierdista. Es sabida la forma como fueron saldados aquellos procesos.
Un rosario de dictaduras militares fue surgiendo en la región, como respuesta de una alianza entre sectores conservadores norteamericanos, latinoamericanos y militares. En el sur del continente todavía se investigan planes como el llamado Plan Cóndor, donde aparecen asociadas las dictaduras de Chile, Argentina, Bolivia y Uruguay, al amparo -se dice- del entonces Secretario de Estado Norteamericano Henry Kissinger. Miles y miles de vida se perdieron en esa vorágine.
Pero ¿cómo podrían servir esos hechos para evaluar las realidades de hoy? Las experiencias de los años 60 y 70, y sus saldos atroces, trazan parámetros en los que bien podría apoyarse un balance mesurado, pero ante todo responsable.
Los resultados electorales recientes evidencian el fracaso no solo de las propuestas conservadoras en la región, sino de un comportamiento político que las ha alejado cada vez más de las mayorías. Pero no sería ni realista, ni exacto, pensar que se trata de mayorías absolutas. Las cifras revelan una relación de la mitad más a uno, lo que indica que aun cuando eventualmente derrotadas, esas fuerzas conservadoras y sus clientelas electorales cuentan, y de manera significativa, por sus cuotas de poder en los aparatos administrativos de sus países respectivos, y su presencia en los aparatos productivos y de comunicación.
Lo que el actual escenario revela es que, en aras de su propio beneficio y unidad, la región no puede ser analizada como si en ella viviera uno solo de los sectores expresados en las jornadas electorales. América Latina no es solo de obreros y campesinos; tampoco, solamente, de empresarios e inversionistas extranjeros. Concebirlo así podría implicar una especie de persistencia inoportuna, inexacta, que pondría en peligro lo que para algunos analistas es un reciente y renovado equilibrio de fuerzas.
Cierto es que no puede haber producción sin obreros ni campesinos, pero tampoco deja de ser incuestionablemente cierto que la región no puede ser gobernada sin empresarios ni inversionistas. Atentar contra esa ecuación, podría implicar como en los años 70 revertir los niveles de participación democrática alcanzados en América Latina. Por lo general, aquellos que miraron entonces en peligro sus intereses por la profundización de procesos democráticos, apalearon a la violencia y los golpes de estado como fórmula para definir situaciones que por otros medios hubieran significado su propia derrota. A la larga ellos mismos fueron víctimas de esa salida. ¿Podría dejarse de lado la reedición de posibilidades como esa?
El actual escenario parece presentar una disyuntiva: pacto o confrontación, un reto tanto a la izquierda como a la derecha, que sino son capaces de promover entendimientos podrían ser cómplices de situaciones, sino similares, peores a las registradas en los años citados.
Una de las características de esa época fue la desconfianza mutua de las fuerzas comprometidas en esos procesos. Una debilidad que podría ser zanjada con hojas de ruta, a través del consenso, de las búsqueda de puntos comunes como el ponerle fin a la creciente inseguridad que se presenta en varios países. Podría superarse de esa manera aquella falta de visión en cuanto a puntos comunes de entendimiento, que estuvo en la raíz de las confrontaciones encarnizadas en el siglo pasado. Obviamente que ello implica, entre otras cosas, deponer tercas posiciones que han caracterizado a componentes estratégicos de nuestros estados.
Pero hay una lectura que también se debe hacer a partir de los resultados electorales, que a menudo es tenida más como la presentan las cúpulas dirigentes, que como la traducen los propios votantes. Los votos a favor de las izquierdas no implican necesariamente que las clientelas electorales sean de izquierda, tampoco de derecha. Es posible entender que con su voto esas mayorías expresan su agenda en la coyuntura, confiadas en que los equipos victoriosos asumirán con realismo la agenda que las motiva: empleo, educación, salud, participación democrática, justicia, superación de la pobreza y la extrema pobreza.
No se puede descartar que en la aplicación de esa agenda, la dialéctica política asigne a las fuerzas representativas protagonismos contradictorios, que de no administrarse correctamente, podrían llegar al antagonismo. El reto que tienen los nuevos gobiernos, si es que la situación es nueva y posee en su fondo determinaciones firmes hacia la solución de los problemas cruciales de sus países, no solo es el de neutralizar tal conducta, sino el de ser capaces de rechazar la misma política excluyente que han criticado a la derecha. Excluirlos podría transformarse en una justificación para conductas nada consecuentes. ¿Vale la pena el esfuerzo?
Es de suponer que los triunfos obtenidos por la izquierda le da la responsabilidad de saber actuar acertadamente allí donde sus rivales históricos no han sabido hacerlo, de demostrar que las promesas no se quedan en discursos bien elaborados y científicamente sustentados. Total como afirmara Antonio Gramsci, en política la cuestión no es de formulación sino de encarnación, y allí en la forma como se harán las cosas, la sociedad y la región tienen ahora su reto más formidable.


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216596
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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