Desde ayer tengo esa duda. No tiene nada que ver con el futuro, porque el futuro no existe, es solo silencio y ceguera: nada. Por eso no creo en promesas ni en “siempres” ni en “nuncas”. Hacer del aquí y de “el ahora” mi religión, mi fe no se asoma al garabato de “el mañana”. Lo que se llama “mañana” realmente es una manía colectiva de anhelar lo futuro; es más, ese “por hacer” lo consumirá otro yo, que no soy yo, en una especie de tin marín de do pingüé…
Me sigue asustando cuando escucho a cierta gente (los ofrecidos de siempre, supuestamente preocupados por mi salud, mi felicidad) manifestar que “los niños de hoy son los hombres del mañana”. Hay premeditación en la frase porque con alevosía y ventaja se olvidan del presente de esos niños. El pan de mayo (guarda pan pa’ mayo) lo quiero ahora. La promesa de pan es una abstracción inasible, aunque se diga que cada niño, al nacer, trae su pan debajo del sobaco…
No quiero atentar contra la Esperanza, esa cansada suripanta; tampoco obviar la belleza del mañana (“morning”). Mañana es un calendario vacío y, escoltado a veces, con la estelaridad de las efemérides, hechos definitivos y pasados. Mañana es una deuda que nunca se pagará, es una sustancia viscosa que se aleja; espuma y arena, ola envejecida. Pero encender las alarmas y las sirenas por un mañana mejor no es garantía de nada… sigue siendo canto de sirenas. Allí estarán para evitar el viaje Caribdis y Esquila en la Odisea…
Por alguna razón el refrán “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Algo sabía el sabio que lo expresara. Un halo de desconfianza provocan esas tres sílabas. Por alguna razón se dice en una cinta de 007 “El mañana nunca muere”, invitación a una mala noticia.
Mañana no es mañana, no es lunes ni martes. Palabra aprendida cuya finalidad es postergar. Alma de horizonte vaporoso.
Mañana no es la mañana ni el mañana, como no es lo mismo estar descalzo que sin zapatos; no es lo mismo estar solo que sentirse solo; no es lo mismo estar vivo que vivir, y por correspondencia no es lo mismo estar muerto que morir…
Me estoy obligando a pensar. Toca volver a esas viejas operaciones: pensar, analizar, decidir… No debemos decir “mañana será otro día”; mejor: el mañana es ahora.