Primera entrega
Lo he dicho y escrito muchas veces: recibí mis primeras letras con los mejores maestros que uno puede desear; y no fue en colegios de gran prosapia, sino en mi escuela rural, allá en Las Lajas. Ellos nunca me permitieron echar de menos la cátedra ambulante que era mi padre, durante las horas en que debía permanecer en el aula.
Evoco esto mientras un sonoro aguacero alardea con hacer de la tarde noche, acá en David, adonde he venido a dictar un curso sobre narrativa contemporánea, en la cálida y acogedora casona-museo en que se encuentra instalada la sede del semanario educativo Culturama, regentada por las buenas amigas Milagros Sánchez y Melva Miranda.
Una de las asistentes, en son de confidencia, me ha preguntado, al final: “¿Qué opina usted de que le quitaran las tildes a tantas palabras?” Me lo ha dicho con esa voz de las maestras de antes, con algo de nostalgia por aquellas reglas de oro que se impartían en las escuelas y que debíamos aprendernos con la misma fe con que memorizábamos el Padre Nuestro.
Y no sé si fue la lluvia sobre las tejas inmemoriales de esa casona del David histórico y fundacional, el matiz rupestre de las volutas inscritas en la venerable madera de sus columnas, el brillo insistente de las laptop y los proyectores con que cuenta Culturama para sus presentaciones, o simplemente el alegre reencuentro con tantas caras amigas, que de pronto me contagió esa sensación de que, de veras, perdimos algo en esta transacción que se decidió tan lejos de nosotros (aunque otras veces, menos nostálgico, he dicho que somos nosotros, los hablantes, los que decidimos tales cambios).
Y me sacudí la nostalgia recordando a una de mis maestras de primaria y su historia de los monos de Cristóbal Colón, como parte de una clase de Español, anécdota colorida, aunque apócrifa (qué importa). Decía ella que, encantada por los bichos llevados por el genovés en su primer viaje, en particular por unos graciosos micos que, entre otras cosas, solían hacerle mil monerías, la reina Isabel le envió un recado justo antes de que emprendiera el camino nuevo por segunda vez. Y para que sintiera el peso de la misión, envió la orden escrita con su puño y letra.
Urgida por unas primas castellanas que querían tener uno de estos macacos, escribió: “Sírvase traer usted 1 o 2 monos al regreso”. Es que, a diferencia de otras personas a las que el poder transforma, ella sabía ser sutil en sus mandatos, y no pedía mucho. Pero lo solicitaba la Reina, y Colón sopesó cuánto representaba esa misión para él, para su tripulación y para España.
Contaba mi maestra que, por las prisas, el circunspecto Almirante leyó “102 monos”, en vez de “1 o 2 monos”, y que era de ver la chillería simiesca que se armó en las naves, al regreso, porque Colón, prevenido como era, decidió traer algo más de ejemplares, sabiendo que habría bajas en el camino. Y por eso, desde aquel año de 1496, la Corona ordenó que se pusiese tilde cuando la conjunción disyuntiva “o” fuese entre cifras (Pos, hombre, imaginaos que en lugar de pedir monos hubiese mandado unos latigazos). ¡Jamás lo olvidé!
El asunto es que, consejas aparte y considerando que son pocos los que envían recados escritos a mano, eliminando el peligro de confundir la “o” con el cero, ya esa tilde desapareció de las normas. Y, con ella, otras de las que hablaremos el otro domingo, si no hay monos en la costa (¿o era moros?).
Que la palabra te acompañe.