«Mientras la medicina sea capaz de mantener vivo un cuerpo, aunque sea a punta de corazón y pulmones artificiales, será su deber mantener latiendo ese corazón». ¿Deber dijo?, ¿cuál deber? ¿Quién, ¡por un saco de cangrejos! se puede abrogar el derecho a decidir cuánto tiempo debe vivir “el otro”? ¿Quién osa oponerse al dueño de una vida que, sintiendo su final, maltrecho y sin esperanza, prefiere una muerte rápida e indolora, en vez de una lenta, costosa y denigrante?
Hablando de costosa. ¿Cumplen los doctores y los hospitales con igual destreza y premura con el indeleble deber de prolongar la vida del paciente si este es un pobre diablo, agonizando en la sala de caridad, que si es un gamonal político o un magnate de las finanzas en una clínica de lujo? ¿Sabe qué haría con ese “deber”? Un fricasé para chivos.
Conozco las imperfecciones de las leyes porque las he sufrido. Después de todo, son aprobadas por hombres imperfectos. Conservo la esperanza de que a medida que el hombre ascienda en su escala hacia el sapiens-sapiens, no sólo mejorará sus leyes sino que liberará muchas de sus convenciones, desalojará parte de su egoísmo y achicará las sentinas de sus supersticiones. dando cabida a un mejor entendimiento de la justicia.
Aparte de leyes y juramentos, algunas religiones, en especial la católica, esgrimen argumentos contra la eutanasia. Un filósofo católico dijo: «Discrepo de la moralidad de la eutanasia sobre la base de una racionalidad iluminada por la fe». ¿Qué clase de racionalidad es esa “iluminada por la fe”? Como frase suena bien, pero suena mejor al revés: “Prefiero una fe iluminada por la racionalidad.” Y ya que hablamos de fe, ¿tendrá el mencionado filósofo una fe más luminosa que la de Santa Teresa de Ávila, la misma que me concedió la gracia de su estribillo para titular uno de mis ensayos? : “…estos hierros / en que el alma está metida! / Sólo esperar la salida / me causa dolor tan fiero, / que muero porque no muero.”
Hablando de la eutanasia, vale anotar que países como Holanda y Bélgica ya le dieron cabida en sus leyes.
No tengo ninguna objeción a que la fe ilumine a quienes han tomado su antorcha para caminar por los oscuros vericuetos de la vida. Hay quienes preferimos el conocimiento como humilde candil para evitar tropezones. «A cada quien lo suyo», reza la Justicia.
Confesión.
"Yo nunca pensé en publicar, solo en escribir. Cuando empecé a los 31 años nadie quería hacerlo, ni en España, donde me rechazaron todas las editoriales. Hoy me he convertido en una marca registradora como los cereales del desayuno, en un caballo",