Mónica Miguel Franco/Antropóloga, actriz y escritora
Uno de mis amigos me ha pedido que le escriba una columna. Yo, que no suelo hacer estas cosas, he decidido que en éste caso voy a hacer una excepción. Y voy a hacer una excepción por una razón muy concreta: me cabrean los quejicas.
Me explico, me soliviantan esas personillas a las que es mundo parece que se les cae encima a cada instante. Me sofocan aquellos a los que les parece que el universo se conjura en su contra cada día. Todo es un puro sufrimiento y son los que peor suerte tienen, en los que Murphy y sus leyes parecen cebarse y encima carcajearse de ellos.
No es la primera vez que rompo amistades con gente así, vampiros emocionales para los que no eres más que una muleta y un paño de lágrimas.
Soy la primera en estar al lado de aquellos a mi alrededor que lo necesitan, y si te quiero y necesitas mi hombro ten por seguro que no tendrás uno, sino los dos y las rodillas por si acaso. Pero todos sabemos la diferencia entre una mala racha, una época en la que el sol parece no brillar como debe, esos momentos en los que los amigos tienen que estar a tu lado y tirar de ti aunque sea de los pelos, y esos llorones de voz quebrada y ojillos aguados de cómica japonesa, que lo que necesitan es el foco puesto en ellos para que los compadezcan y los carguen en volandas.
Después de saber su historia te dan ganas de darles de bofetadas a los que se quejan de vicio. Cuando era pequeño un accidente le abrasó gran parte del cuerpo. No tuvo teletón. Ningún hospital privado, ni viajes a Estados Unidos. Las secuelas son visibles. Ahora tiene ventipocos años y una alegría que te avergüenza. Ni amargos reproches a la vida, ni complejos más allá de los justitos. Es bajito, pero es desde los pies, un hombre.
Estando con él aprendes lo que significa reírse de sí mismo. Que una persona como él sea capaz de preocuparse de ti cuando tienes un mal día y darte ánimos, me reconcilia con el género humano.
Después de conocerlo y saber su historia, (a retazos, porque no se preocupa de contártela a la primera ni a la segunda, ¿para qué?, él ya se la conoce y total, para los demás debe ser muy aburrida), cuando te echas a la cara a uno de esos jeremías que se la pasan compadeciéndose a sí mismos y hablando de la mala suerte cósmica que los persigue, solo tienes ganas de escupirles en el cielo de la boca.
No tengo demasiados amigos, los que lo son saben que cada uno de ellos tiene un hueco muy especial en mis brazos, a cada uno de ellos lo necesito a mi lado por algo, porque me hacen mejor persona, porque cada vez que estoy con ellos aprendo algo nuevo. Y contigo, viejín, contigo aprendo cada vez a reírme de mis dolores, de mis estrías, mis cicatrices y mis kilos de más. A no darle demasiada importancia a las canas que ya me asoman y a pensar que frente a ti solo puedo hacer una reverencia y pagarte una caña con limón. O dos. Mientras tú me cuentas que le vas a decir al peluquero que cambie de sitio los espejos para que la gente que pasa por la calle no se asuste de tus calvas, a ver si van a creer que al tipo se le pasó la mano con la máquina de afeitar. Risas y ovación de pie.