Como creo a pie juntillas en el epígrafe que acabo de transcribir, les diré que en el prólogo a Éxtasis intenté decir la verdad para que mi impulso creativo exista. Me gusta pensar en la creatividad paralela de la presentación de un libro, contimás si es de un escritor como Richard Brooks.
Y ahora que descargué este racimo de palabras sobre mi ego, puedo pasar al ego de mi amigo Ricardo y enumerar el montón de cosas buenas que he encontrado en la lectura de su libro.
Me gusta el desorden con que acumuló estás páginas, a las que ni siquiera enumeró como hace todo el mundo sino que las separó por letras, en capítulos que no son capítulos. Con esto nos dice que él es un hombre de letras, no de números. De ahí que nos brinde un índice de letras.
El bello desorden continúa con las temáticas. Si algunos temas están medio cosidos por la época (A Ricardo le fascina el Siglo de Oro Español), al revolver los personajes de antaño con personajes de las novelas de sus amigos y con él mismo, no hace sino continuar el magnífico enredo.
¿De qué trata el libro? Será más fácil decirles de qué no trata. No tiene tamaño para absorber tanto mundo. Hay de todo, menos contabilidad, religión y drogas. Parece que el autor sacó el cajón de su cómoda literaria y lo derramó en sus páginas. Desde que comencé a leerlo me pareció una carrera con La Muerte (a la que nunca menciona pero que camina sigilosa entre sus palabras). ¡Ahí va lo mío! –se dijo– ¡Que no se me quede nada en el tintero!
Y así salieron papelitos, reseñas, minicuentos, testimonios, mentiras cultas, verdades casi obscenas, trivialidades, duros enfrentamientos con el Olimpo, truculencias, desacatos, declaraciones de guerra y de amor, chistes, fantasiosos artículos periodísticos, advertencias y poemas. Ah, sí, también poemas, una debilidad o fuerza que yo ignoraba que tenía.
Es fácil entender la urgencia de Ricardo por publicar este libro y los que le sigan (porque Brooks no piensa detenerse ni para coger impulso). No sé cuántos de sus lectores conozcan parte de su vida, sobre todo esa tenebrosa parte en la que casi pierde la vida. Allí donde lo ven (leerlo es verlo), lleno hasta la bandera de ganas de joder y de reír, Richard estuvo a un tris de no existir…
(Continuará)