Pareciera que este año se redujo sensiblemente, por parte de los panameños, el uso de la Bandera y los colores de esta para decorar sus casas y portarlas en sus vehículos.
De ninguna manera puede atribuirse este fenómeno al decaimiento de la sensibilidad por nuestros símbolos y valores patrios, porque cada vez que se presenta la oportunidad, los panameños manifiestan su fervor patriótico. Lo hacemos cada vez que alguna selección o atleta nacional tiene participación internacional; nos henchimos de orgullo cuando un artista nuestro brilla en los escenarios del mundo y expresamos nuestro orgullo cuando un profesional de cuño panameño se distingue en cualquier ámbito. Es decir, que el afecto a lo nuestro no está en duda.
La parquedad en el uso que se aprecia a simple vista –especialmente de la Bandera- tiene que ver mucho con la intimidación que han sentido algunos con algunas disposiciones reglamentarias que se han articulado e incluido en la Ley 2 del 27 de febrero 2012 que subroga la Ley 34 de 15 de diciembre de 1949, por la cual se adoptan la Bandera, el Himno y el Escudo de Armas de la República y se reglamenta su uso. Una iniciativa que, seguramente, es el resultado de un acto de buena fe, puede operar en sentido contrario y provocar en muchos el temor a la sanción y, en consecuencia, prefieran no arriesgarse y se abstienen de portar la Bandera en sus vehículos o adornar sus sitios de trabajos y residencias con motivos alusivos a la Patria.
Como todos los años, volvió el debate sobre si deben establecer tantas restricciones al uso de la Bandera. Pues sí y no. Irse a los extremos estableciendo prohibiciones absurdas no contribuye en nada a la intención de que la gente respete el Pabellón y exprese su orgullo por el mismo, aunque tampoco se debe ser muy permisivo.
En estos casos, parece una mejor opción emprender iniciativas de orientación que ayuden a que la gente se identifique con los símbolos, entienda lo que representan e indefectiblemente le harán los honores pertinentes.
Abrigamos la esperanza de que no estemos caminando hacia el borde de un abismo que, en lugar de incentivar el respeto a la Bandera y demás símbolos, nos lleve a que se invisibilicen.