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Recuerdo 1989

No fue justa, ni la causa ni los pretextos para invadirnos. Ante las justas reivindicaciones de un país, muchos responden a cañonazos, con soberbia y muerte. Eso hizo el gobierno de los Estados Unidos.


Diciembre, la navidad por delante, el aire olía a arbolito y la radio ponía los éxitos salseros de todos los años. Y aunque todos pensábamos que la liberación nos vendría pronto, nada hacía sospechar que un presidente, en la calidez de su Casa Blanca, mientras deseaba feliz Navidad a sus invitados, daría la orden de emprender la Operación (opereta) llamada con semántica maldad Causa Justa. Y la libertad, dada la orden, se nos vino encima la madrugada del 20 de diciembre de 1989.

En Alemania caía el Muro, en Rumanía un dictador, en Panamá, caían desde el cielo rojo, silbidos de muerte que nos despertaron del sueño para instalarnos en una pesadilla.

Me recuerdo sentado en el suelo de mi casa en Calidonia a oscuras. No sabemos del resto de familiares y amigos en otros puntos de la capital. La ansiedad crece por momentos. Lo hicieron, me decía, sin saber la magnitud de la tragedia.

Y cada muerto lo fue, una tragedia. No sé cuántos murieron ni cuál es la cifra exacta de fallecidos para decir que son “muchos”, ¿diez, veinte, mil? Pero me consta, y esto es un hecho, que en cada hogar donde veinticinco años después falta algún ser querido, la cifra exacta para muchos es uno. No podemos, hoy menos que nunca, decir que por pocos muertos no fue para tanto o que por muchos fue una masacre. No debieron entrar, no debieron matarnos, no hay excusa para esa infame causa justa.

No fue justa, ni la causa ni los pretextos para invadirnos. Ante las justas reivindicaciones de un país, muchos responden a cañonazos, con soberbia y muerte. Eso hizo el gobierno de los Estados Unidos. Éramos nosotros, Panamá, conocidos, cercanos, y nos trataron como a enemigos, como a conejillos de indias, como a extraños.

Recuerdo las palas hidráulicas hiriendo la paz del cementerio. Las entrañas del Jardín de Paz desbaratadas para desenterrar la barbarie. Las bolsas plásticas guardan la habitación vacía de aquellos panameños que no dieron su vida si no que se la quitaron, héroes a tiempo completo en el trajín de su existencia y que no fueron consultados para esa ofrenda.

Rencor, ninguno. Pedir justicia, pedir que el 20 de diciembre sea declarado día de luto nacional, que los comercios cierren y que visitemos los cementerios y los recuerdos y que manifestemos nuestro rechazo ante semejante acción no es rencor ni venganza, es dignidad. Lejos la venganza pero de una vez por todas, y cerca, justicia.

Ya ha pasado un cuarto de siglo, distancia suficiente para hablar de lo que pasó. Les cuento a mis hijas lo sucedido y quiénes lo hicieron. Se asombran, preguntan por qué. No hay motivo que les pueda esgrimir: las razones políticas y estratégicas son incompatibles con la inocencia. No pediré perdón por nuestra historia, nadie me va a quitar el derecho último de contar y recordar lo que nos ocurrió y que nadie se llame a error: estudiar la historia nuestras relaciones con quienes nos invadieron nos asegura, como poco, saber con quién estamos tratando a la hora de sentarnos a la mesa a negociar.

Hace seis años, un 20 de diciembre, mi mujer, Marga Collazo y yo nos sentamos a mirar si una delgada línea se hacía presente para darnos los motivos de ciertos malestares que ella estaba sufriendo. En medio de la grisura del recuerdo y la tristeza de la fecha, la línea de la vida se hizo presente para devolverme cierta luz. Una delgada línea acotaba la esperanza, otra niña venía en camino. Me emocionó aquella bendición, y pensé en los que se fueron antes de tiempo. Ahora mi hija pequeña escucha esta anécdota y sin comprender mucho se alegra de estar aquí y me pide la bandera que los muchachos subieron en la cerca cerrando en su mente un círculo de dignidad con el 9 de enero.

La casa que habitamos voló por los aires esa noche, aquello que conocimos fue bombardeado para dejarnos una herida, un trauma. Recuerdo la mañana de ese día, fue un hervidero de confusión. Las calles, presas del caos, de la anarquía. La Navidad por delante y sus muertos y sus advertencias y toques de queda. Recuerdo aquel 1989 y las palabras, como a Job en la Biblia, se me agolpan en el alma. Para una novela, pienso. Recuerdo “Cicatrices inútiles”, la novela de Jorge Thomas.

Quiero que mis hijas, mis sobrinos y mis nietos sepan que pasó y que no lo olviden y que defiendan la memoria de los que no están con las armas de la razón y la dignidad, las únicas armas que honrarán hoy a aquellos que perdieron su vida, vivos o muertos, porque a todos nos mataron un poco aquella noche.


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957311
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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