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Recuerdos de Alcoy

De Alcoy, recuerdo una estatua con el busto de Franco que amanecía un día sí y otro no con la cabeza y la boca pintadas.


Emiliano Pardo-Tristán (Compositor y guitarrista) / Compositor y guitarrista

De Alcoy supe primero que era el pueblo donde había nacido Camilo Sesto. Después, que celebraban una fiesta extravagante y escandalosa, con hombres que se disfrazaban de moros y de cristianos, hombres que no dormían en cuatro noches fumando habanos, bebiendo en exceso y disparando pólvora con trabucos. Luego supe que había un profesor de guitarra al que seguían los japoneses y eso fue lo que me atrajo. En 1984 cambié Madrid por Alcoy para estudiar con José Luis González, un insigne intérprete de la música española. José Luis publicaba sus arreglos y daba conciertos en Japón, y de aquel país venían muchos guitarristas a estudiar con él.

Alcoy, a medio camino entre Alicante y Valencia, una ciudad pequeña pero con una amplia oferta de actividades culturales, un concurso internacional de guitarra (que siempre ganaban los japoneses) y una escuela de composición vanguardista que presidía el director del Conservatorio, Javier Darias, que aún tiene relevancia en España. En el Conservatorio Profesional de Música me inscribí en las clases de análisis musical. Éramos seis estudiantes, cinco de la región y yo de Panamá. Javier Darias, profesor de análisis y armonía, empezó la primera clase analizando un cuarteto de Beethoven en valenciano. A los diez minutos me pregunta "¿parles valencià?". Ese año Beethoven se analizó en castellano. Darias siempre iba de negro. Nunca pregunté por quién era el luto y nadie parecía saberlo. Ni siquiera supe si era luto, gusto o artimañas del azar.

De mis días y noches en las calles de Alcoy, recuerdo una estatua con el busto de Franco que amanecía un día sí y otro no con la cabeza y la boca pintadas de rojo. En el pedestal se leía: "Fachas, jodéos, que tenéis la sangre roja y el corazón a la izquierda". Pero el grafiti que más me quedó fue uno que me censuro para no herir a los más púdicos lectores de esta columna. Solo diré que reflexionaba sobre la importancia de la gloria eterna, si el orgasmo durara una hora.

Con José Luis González nos reuníamos religiosamente en el mercado antes del almuerzo. Tomábamos vinos, fumábamos Ducados, compartíamos tapas y hablábamos de música, de guitarra, de Japón y de Panamá. En el Mercado de San Roque probé los sesos y los riñones de cerdo por primera vez, decidí que ninguno de los dos me gustaban. Los sesos por la textura y los riñones por el sabor almizclado. José Luis González murió en 1998 y las enseñanzas más duraderas, las que quedaron para siempre, las dijo entre vinos y tapas en aquellas tertulias de mercado.


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904635
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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