El congreso del boom que se celebró en Madrid del 5 al 10 de este noviembre fue un rotundo éxito. La Cátedra Vargas Llosa (capitaneada por mi querido Juancho Armas Marcelo) que organizó el evento y que contó con la presencia de los príncipes de España en su sesión inaugural, ha conseguido que la onda expansiva de aquel movimiento literario que cambió el rumbo de las letras hispanoamericanas en los años sesenta siga sintiéndose por todo el mundo.
Los grandes escritores iberoamericanos, hermanos algunos y nietos casi todos del boom, caminaron por media España dictando conferencias relacionadas con grandes temas de aquella revolución y en especial de la narrativa de Mario Vargas Llosa, que celebró también en este congreso el 50.° aniversario de la publicación de la novela que prendió la mecha del “boom”: “La ciudad y los perros”.
En la ponencia inaugural, Vargas Llosa nos habló del “boom” desde la perspectiva de un testigo fundamental, desde el punto de vista de quien estuvo en la zona cero a la hora de la verdad. Fue un desgrane pausado, lleno de anécdotas en primera persona, con la calidez y la sólida construcción de un conversador de los buenos. Apuntaba que de aquel “boom” quedan pocos vivos ya. ¡Qué casualidad!, ¿no les parece?, quedan los dos Nobel: Gabriel García Márquez y él.
Mario habló de todos y de una manera generosa, correcta y con pinceladas de humor que nos llenaron la boca de risa en más de una ocasión, haciéndonos asistir a una sesión de cine en blanco y negro de las buenas.
Pero, como dijo Juancho Armas Marcelo, los verdaderos congresos literarios se dan en el bar, así que nos fuimos con las letras a otra parte, nada más y nada menos que al mítico “Café Gijón”, en el que me tomé en su día una buena botella de vino con mi amigo el poeta Salvador Medina. Pero en esta ocasión estaban, entre otros: mi querido Jorge Benavides de Perú, igual que Fernando Iwasaki, Will Corral de Ecuador, Juan Carlos Chirinos de Venezuela, gran amigo, (con el que entonamos la canción “Taboga” con dudoso resultado), Sergio Ramírez de Nicaragua, Edmundo Paz Soldán de Bolivia, Alonso Cueto de Perú, Juancho Armas Marcelo (de acá y de allá) el colombiano Juan Gabriel Vásquez y Pedro Novoa de Perú, entre otros tantos que invadimos el santo recinto. Allí se habló de todo, de la ceremonia inaugural, de libros, de anécdotas, de otros escritores ausentes y hasta de alguno muerto. Una velada de esas que hacía honor a las palabras finales de Vargas Llosa en su discurso inaugural: “es hermosa la amistad”. Las letras tienen eso, producen amigos, concitan anhelos, trazan épocas.
Pero la cosa no se queda aquí, la Cátedra Vargas Llosa no se detiene en el éxito de estos pasados días. Aunque en todos lados se comenta lo mucho y bueno que hubo en este congreso, dicen en la cátedra que la siguiente parada, si el hado lo dispone como dijo Ricardo Miró, es allende la mar, será la cosa en Panamá, con la idea y cito textualmente a Juancho Armas Marcelo: “En cuanto a Panamá, esa misma Cátedra Vargas Llosa tiene en alto un reto: reunir en fechas del otoño de 2013, tras el Congreso de la Lengua, a diez o doce narradores centroamericanos, incluyendo Panamá, para que este país empiece a tener la centralidad literaria que necesita y tal vez vigorizará a la propia narrativa panameña en años posteriores. Lo más probable es que los ecos de la celebración en España del Congreso de El Canon del Boom abra caminos en Panamá”. ¿Qué les parece? La onda expansiva va a cruzar el charco para avanzar posiciones. Para mí, un sueño cumplido, una tarea que va a realizarse. Es lo que nuestras letras necesitan, un escaparate porque el talento ya lo tenemos más que demostrado.
*Escritor panameño residente en Madrid