José Olivo Jiménez, autor de una conocida antología de poesía hispanoamericana, iniciaba un artículo titulado ”La pasión del conocimiento” a raíz de la muerte del gran poeta español, Vicente Aleixandre, con las siguientes palabras: “Sólo la muerte concede a una obra, y a la vida y la persona que esa obra sustenta, su verdadero perfil definitivo.
La muerte de Roque Javier Laurenza, uno de los grandes poetas panameños, no ha hecho otra cosa que invitarnos a suscribir estas palabras, y marchar hacia ese deber póstumo como una manera de honrarlo y recordarlo.
Siempre he pensado que una de las mejores formas que puede hacer tornar una conversación insípida en una conversación interesante es aquella que habla de las cosas como si las estuviera contando. Así, por ejemplo, para Fernando Savater, la historia más hermosa jamás contada, es La isla del tesorode Robert Louis Stevenson, y nos indica, con una afirmación que se hace más atractiva mientras mejor la entendemos, que “toda buena narración sólo quiere ser contada y vuelta a contar, no explicada ni comentada”. La verdad es que siento una gran inclinación por contar las cosas como si fueran historias, y sobre todo, porque considero que la historia de una vida como la de Roque Javier Laurenza, no merecería ser expuesta como un pastiche retórico y sin alma. Sin embargo, aunque me hubiera gustado contar lo que fue su vida y su aventura literaria, en algunos momentos me veré obligado a explicar y comentar ciertos textos que necesitan alguna forma de presentación en relación con su cronología y su interpretación.
Cuando uno piensa en Roque Javier Laurenza, no como el gran viajero del espíritu que fue, sino como ese viajero consuetudinario por las regiones más interesantes del planeta, uno inmediatamente piensa que esos sitios que visitó y que están cargados de tradiciones y leyendas, hicieron eclipsar de sus recuerdos los viejos y humildes rincones de su solar nativo, pero en realidad nunca ocurrió así. Releyendo sus crónicas que nunca dejó de enviar a los periódicos panameños, me tropecé con este fragmento que, además de la innegable belleza literaria que tiene, nos transmite con gran poder evocador, el intacto mundo de sus sentimientos:
“La otra noche, al azar de un paseo, me encontré, de pronto, en el escenario de una época de mi infancia, en Pueblo Nuevo de Las Sabanas. Allí pasé, cuando era niño, una temporada particularmente triste, apenas iluminada por la sonrisa espléndida de una muchachita, huésped fortuita de un verano. El lugar no tendría entonces más de veinte casas, incluyendo la escuela. Los pocos chicos de vecindario solíamos jugar con rudos e improvisados juguetes y recuerdo que la noche se nos venía encima, por la falta de luz, en el preciso momento en que el coro infantil estaba más animado y cuando mi linda vecina era más amable. Ya no sé si era mi corazón de niño menesteroso el que daba su fealdad al poblado o si estaba éste verdaderamente desprovisto de encantos. De todos modos, nunca he presenciado atardeceres más tristes ni noches más lúgubres, y aún tengo en los oídos y en los ojos el violín insistente de sus grillos y el parpadeo perezoso de sus débiles faroles”.
Si por unos instantes pensamos en que Roque Javier Laurenza vivió rodeado de rarezas bibliográficas, de libros modernos y antiguos, de cuadros de pintores famosos y venerados, y que se codea con autores de renombre como Cortázar, Fuentes, Miguel Otero Silva, Malraux y Paz, etc., uno podría verlo como a una persona a quien el propio país ya no será sino material para los recuerdos, para las memorias últimas y las evocaciones nostálgicas. Pero, acercándonos a su quehacer y a su acción vital, podemos verificar que en Laurenza el concepto de Patria estaba ligado al amor y a la belleza y la aventura intelectual constituía un medio que le permitía contribuir a la plenitud espiritual y material de su país. En ese sentido, me permito verlo como un auténtico caballero andante de la utopía, en cuya dulce y alucinante manea de inventar otros mundos, comentario aparte, yo también he puesto mi confianza y mis esfuerzos de vivir.
Así pues, Laurenza en sus esporádicos retornos al país, sometido muchas veces a la amarga realidad de los altibajos de la política criolla, lo podemos encontrar ocupando su puesto en el laboratorio del periodismo diario. En 1952, sirvió la columna titulada “Los trabajos y los días” en el diario El Paísy desde 1957 a 1958, la columna “Aire del Mundo”, en el diario El Día. El título de esta última servía de techo para las futuras crónicas que décadas después Laurenza remitiría desde Nueva York, Madrid, Roma y París a los diarios La Repúblicay El Matutino.
En una columna fechada en 1980, Laurenza aclaraba a su destinatario lo siguiente: “Mis años de vida extranjera no me han hecho olvidar mis deberes de intelectual panameño. Yo tengo hoy, pasados los sesenta años, la misma pasión nacional de mis mocedades. La única diferencia está en que antes me preocupaban cosas superficiales y ahora, en cambio, sólo me interesan las esenciales.
Como podemos darnos cabal cuenta, en Laurenza, la nación no sólo es discurso, sino vivencia, vicisitud, pasión por las ideas, imaginación y proyecto, caminos de perfección, y también búsquedas y certidumbres. Desde este punto de vista, Laurenza insistirá en la ausencia de ideas de la mayor parte de nuestros intelectuales y, de una u otra forma, señalará esta laguna que pesa sobre el enrarecido ambiente intelectual panameño.
En un escrito fechado en 1979 con el título de “Las ideas y el panameño típico”, usa como epígrafe una cita de S. Ham que dice: “Words without thoughts never to haven go”. Menciona en este escrito las figuras del profesional y el técnico que pueden ser, a su modo de ver, muy capaces en sus oficios y que viven en el plano de las nociones y del conocimiento concreto, pero que desconocen el de las ideas. Señala, además, que su mundo es de la praxis y no el de la teoría. Esta falta de ideas, esta ausencia de pensamiento lúdico, es notoria en la vida pública y también en la prensa donde sólo se tiene a la actualidad como única dimensión y, sobre todo, en el hombre panameño, en general, que vive sumergido dentro de una especie de campana de corcho.
Roque Javier Laurenza ha sido uno de esos raros hombres de pensamiento que a todo lo largo de su existencia lo puso de manifiesto como actitud y como tarea a todo panameño de sensibilidad. Como todo hombre de cultura sabía que el conocimiento es una brújula, y por ello su pluma no descansó un solo día sin que este tema no se viera expuesto en su justo y aleccionador sentido. Sin embargo, cuando no nos queda sino la visión de una realidad que día a día pareciera empeorarse, acaso pueda uno preguntarse si todas esas ideas tan bellamente expresadas fueron una agonía inútil ante el pavoroso espectáculo de nuestra realidad que suele interpretarse como una crisis que jamás se supera a sí misma.
A este respecto, suelo siempre recordar a las Danaides que, según la mitología clásica, fueron las 50 hijas de Dánao, a las cuales se vio obligado a casar con sus sobrinos, hijos de su hermano Egipto con quien había tenido serias rivalidades. En la noche de bodas, por instigación de Dánao, quien había suministrado un puñal a cada una, todas las Danaides dieron muerte a sus maridos, a excepción de Hipermestra que le perdonó la vida a Linceo por haberla respetado. Posteriormente, Linceo se apodera del trono de Argos y les da muerte a las Danaides, quienes son enviadas al infierno como castigo por sus crímenes y sentenciadas a llenar un tonel sin fondo. De ahí la expresión, “tonel de las Danaides” para significar una tarea inútil. Entonces, nos preguntamos, ¿podría ser considerado como una tarea inútil el echar las ideas en la crátera sin fondo de nuestra realidad? Nuestra respuesta es negativa por una simple razón. La presencia de las ideas de Laurenza se complace en suministrar la prueba póstuma de su vigencia, por la voluntad histórica que la restablece y la historia que la hacemos nosotros con el concurso de nuestras acciones vitales y la dirección del pensamiento. Honrar su patrimonio espiritual no es sólo un deber patriótico sino un deber vital.
Pero si las ideas de las que hace uso Laurenza están impregnadas de una urgencia histórica, su prosa tiende a convertirse, en íntima comunión con aquélla, en lectura fascinante y en vuelo singular de la imaginación. No me dejará mentir esa maravillosa y hermosa crónica fechada el 27 de mayo de 1980 titulada “La caída del Samuraio El espía que vino desde los cerezos en flor”.
Este matiz de su prosa es, quizá, el aspecto más impresionante que pueda encontrarse alguien en sus escritos, sobre todo, con los que están virtualmente ligados a su madurez, pero su peculiaridad radica en que mucho de lo que escribió Laurenza estaba vinculado a la raíz y al sueño de su patria. Porque así como vida y obra se interpenetran mutuamente, a mi juicio, el hecho de haber llevado, a lo largo de una existencia fundamentalmente laboriosa y de una espléndida cosecha intelectual, la representación diplomática de su país al que sirvió desde diferentes lugares y posiciones, era como si la identidad del hombre y la patria fueran una sola expresión, en virtud de ese sello que envuelve a todo hombre que al entregarse a una profesión como la diplomática, lleva a la patria en el corazón y en los labios.
Parece una ley de la vida, o para ciertas vidas, el hecho de que uno no haya podido conservar por mucho tiempo aquello que uno más ama, algunas veces porque el tiempo se encarga de destruirlo o porque la pobreza de nuestros esfuerzos no haya podido defenderlo contra ese acabamiento. Sin embargo, resulta curioso que todavía tenga en mis manos recortes originales de una columna del diario El País1952 y la otra “Aire del mundo”, publicada en el diario El Día, fechada el 1 de noviembre de 1957, la cual está dedicada a comentar la muerte del poeta Demetrio Korsi.
Estos dos escritos de Laurenza forman parte de un grupo que perdí y que yo había leído con la voracidad típica de un adolescente hambriento de cultura, al igual que la “Elegía a John Flanders”, que apareció en Cien años de poesía en Panamáde Rodrigo Miró, publicada en 1953. Lo expresado anteriormente, les indicará a ustedes mi temprana relación con la obra literaria de Roque Javier Laurenza. Pero resulta la mar de curioso también que, a una vida como la mía, apenas transcurrida entre cortos y fugaces viajes de agente de investigaciones de seguros, le haya tocado en suerte la tarea de hablar sobre la figura de Laurenza, cuya nombradía intelectual lo postula como uno de los escasos hombres cultos de Panamá que, dicho sea de paso, pareciera encontrarse en vías de extinción.
Tomado del libro "La musa inoportuna”. Página 262. Autor: César Young Núñez