El Irving Saladino de la actualidad dista mucho de aquel que revolucionó el mundo atlético en el 2006, pletórico de ganas, precisión, explosión y, lo más importante, una envidiable consistencia (así lo reconoció, en su momento, Iván Pedroso, leyenda del atletismo cubano).
Y, precisamente, fue este elemento (¡la consistencia!) el combustible que catapultó al campeón olímpico del salto de longitud a convertirse en el número uno del “ranking” de la especialidad el 18 de julio del 2006.
Alcanzada la cúspide, el C-3 conquistó el Mundial de Osaka 2007 y, en agosto de 2008, cerraría un periplo de rimbombantes éxitos tras capturar el oro en los Juegos Olímpicos de Beijing.
Todos estos logros -disfrutados y vitoreados por el pueblo- se cimentaron sobre los terrenos de la disciplina, buena técnica y, reitero, consistencia adquirida al amparo de las ventajas deportivas de las cuales gozaba en São Paulo, Brasil.
Es a partir de 2009 cuando empieza la incertidumbre. Dicho año, en Eugene, Estados Unidos, el saltador impresionó al extenderse hasta los 8.63, lo que hizo pensar que en el Mundial de Berlín, de ese mismo año, podía revalidar el título del 2007; pero, como ocurrió el pasado miércoles, en Daegu, Corea del Sur, no pasó el corte tras ejecutar tres intentos para el olvido (del 2010, ni hablar).
Este 2011, el también campeón panamericano firmó brincos de 8.30, 8.38 y 8.40, que demuestran que su potencial está vigente.
¿Cómo se logra la consistencia? Héctor Cano Amill, entrenador del subcampeón mundial de los 400 con vallas, Javier Culson, alega que con responsabilidad, entrega, paciencia, disciplina, un “ambiente deportivo favorable” y, sobre todo, un constante deseo de superación.
Y, pregunto: ¿cómo se cae en la inconsistencia? Saladino debe saber.
Hay algo de lo que no tengo dudas: el C-3 todavía es capaz de establecer asombrosas marcas, pero, si pretende enmendar su rumbo, tiene que ser autocrítico y honesto consigo mismo.