Estos son ya los últimos días de rodaje en Lituania de la adaptación de mi novela El tiempo de los emperadores extraños. Casi dos meses de emociones y experiencias, y si al final lo que nos llevamos a la tumba no son más que estas, yo tendré una piscina repleta de ellas, como Tío Gilito.
El frío que nos congelaba los músculos faciales, los copos de nieve cristalizándose como prodigiosas estrellas en nuestra ropa, las duras, pero intensas jornadas de rodaje, el actor Carmelo Gómez detenido en la frontera rusa porque la Policía aseguraba que no era el de la foto de su pasaporte -y tanto, había adelgazado dieciséis kilos para el personaje de Espinosa-, los ataques de nostalgia por la madre patria en las escenas en que había turrón, la belleza evanescente de las mujeres lituanas, las conversaciones medio helados alrededor de una taza de té hirviente, las pequeñas historias de amor que surgían entre las nativas y los españolitos, las extrañas manifestaciones de belleza que brotan entre el blanco impoluto del paisaje.
Me emocioné cuando, en una de las escenas, Juan Diego Botto -muchos lectores ya verán su rostro cuando lean los trabajos de Arturo Andrade-, leía en “off” las cartas de una de las víctimas; me reí al ser testigo de cómo los extras lituanos cantaban canciones en español sin tener ni idea de lo que decían; me crispé en la violentísima escena del choque entre los guripas y los doiches; también me caí de culo día tras día debido a las planchas de hielo; aprendí cómo se hacían las películas, su gestión del tiempo, comprimiéndolo o dilatándolo, avanzando, retrocediendo, entrando y saliendo de él; me volví loco buscando rayos de sol que me calentasen; me admiré de lo diferente que es lo que ven tus ojos de lo que ve la cámara, dos lenguajes diferentes; experimenté la epifanía de estar presente cuando mi imaginación y la realidad convergieron en un punto creado por el director, Gerardo Herrero; me asombré ante los decorados “de película” levantados por Eduardo Hidalgo, los T-34, los uniformes, las MP-40, los Kubelwagen, los Opel Blitz, los Flak, todo de verdad verdadera...
Aún quedarán dos semanas de rodaje en los interiores de la Ciudad de la Luz, en Alicante, y luego el montaje de la película, horas y horas en las que, como me contaba un técnico, hay que estar dispuesto a sacrificar la mejor escena para que la película sea mejor, por mucho dinero o mucho esfuerzo que te haya costado. Pero, en resumen, si la mayoría de las cosas suelen estar por debajo de las expectativas, esta vez creo que no. Los días en Lituania vivirán ya siempre conmigo, en mi piel helada, en mi cálido corazón.