Al abrir el Programa Oficial de Carreras que verá la luz pública hoy, usted verá dos aspectos que llamarán su atención: primero, que contiene tres días de carreras con eventos razonablemente poblados y, segundo, en la parte superior apreciará cifras alucinantes en los premios de cada competencia.
En esencia, se trata del final de un antes y el comienzo de un después en la hípica nacional. Hasta la semana pasada, los premios no respondían para nivelar los gastos de los dueños de caballos y, por ende, contribuían muy poco a estimular a los inversores. Ahora, el panorama cambia cuantitativamente y es de esperar que tenga repercusión positiva en la mejora del espectáculo.
Tras la privatización que se hizo efectiva en 1998, la hípica panameña no ha podido estabilizarse del todo y mucho menos alcanzar niveles prósperos.
El primer ensayo, con la compañía Eqqus Gamming, comenzó a palidecer a apenas dos años después de su llegada. Un segundo intento dado a principios de la década pasada también resultó fallido y, ahora, con Hípica de Panamá S. A. cuando se estuvo a un punto casi muerto, llegó esta suerte de coalición entre el aporte estatal y el sacrificio del operador.
Debemos mirar con optimismo, toda vez que al momento en que se supo de la mejora que iba experimentar la bolsa de premios, la reacción de los dueños de caballos no se hizo esperar y ya comenzamos a ver los resultados con la nueva camada de potros de 2 años que seguramente alegrarán la temporada del próximo año.
Ahora, y ya lo hemos señalado antes, todo va ligado a una cuota inmensa de sacrificio y de compromiso. Es decir, con más dineros para repartir, que no haya excusas para que los caballos no sean presentados en mejores condiciones atléticas ni que los dueños y entrenadores caigan en el ámbito de la especulación. Recuerden que cuando gana uno, ganan todos.