La crónica policiaca siempre ha sido escrita con tinta de sangre. Sus protagonistas, generalmente, fueron gente de una zona social común, de un mismo rango, víctimas de los mismos padecimientos.
Pero los tiempos cambian y con ellos los protagonistas, aunque la historia tenga los mismos matices.
Ahora el mar de sangre que amenaza con ahogarnos procede de la vena joven. Los sujetos de esta crónica de la desgracia son mozalbetes que apenas están migrando de la infancia. La calle los atrapa. El hampa los recluta, les enseña el camino torcido, los usa y después los liquida.
Ya no tienen futuro, ni siquiera piensan en él. La subcultura les ha inoculado la idea de que todo es aquí y ahora. Apuestan a lo fácil, a conseguir lo que quieren a las malas porque no tuvieron otros ejemplo.
La dimensión que tienen de la vida y de lo que es importante es tan reducida que tener un teléfono de última generación es el punto más alto al que aspiran. Y si tienen que morir o matar en el intento.
Entienden, o malentienden, que valen por lo que tienen y no por lo que son, en el buen sentido de ser.
Por eso, cada vez son más los que vemos como ilustración de las portadas de los diarios o siendo protagonistas inertes en la televisión bajo las luces de las sirenas. Ahí yacen, tirados, reducidos a meros bultos de carne a los que nos estamos acostumbrando a contemplar.
Ya sus nombres no nos importan, ni siquiera su edad o si tienen familia. Son, simplemente, un muerto más; alguien que se perdió por haber tomado el camino equivocado, aunque no haya habido nadie que se lo enseñara en el momento justo.
Sería exagerado decir que estos elementos constituyen la mayoría de la juventud del país, como tampoco es cierto que todos los marginados tienen el mismo destino fallido, pero de que existe un problema, no hay la menor duda.
Y una manera de resolverlo es predicar con el ejemplo, acabar con el sicariato de la palabra, tanto en el contexto familiar como en el público. Hay quienes usan el privilegio de la educación para ofender y atacar. Y mientras eso sucede, esos jóvenes que no tienen esa facultad, optan por el lenguaje de las balas y el ajusticiamiento. De allí esa insoportable crónica de sangre a la que concurrimos cada vez con más frecuencia.