“A Dios nombro, a Dios invoco, que para todos sea mucho, aunque para mí poco” Niña Isabel
Las recetas de tu libro se fueron descolgando del árbol familiar. Nada más con probar las empanadas dulces que nos diste, Mili y yo aquilatamos su valor. Supongo que los hijos de Ginela seguirán la tradición. Igual que el ADN, eso no se pierde.
Recibimos algo todavía más valioso, tus “Recuerdos para recordar”. Tan llenos de Mario, hijos, Soná, mangostín y vino de palma y, por jodedera, de saril. Maestra igual que tu madre, la inigualable “Niña” Isabel, fundadora de escuela y de conciencias, nos enseñaste, a los que orbitábamos alrededor del oasis que siempre fue tu casa, el valor del arte que nos había sido ofrecido y que no tomábamos en serio. A empujones salieron nuestros libros. Faltaba el tuyo. Salió, tímido, en edición modesta pero jugosa como el chicheme de Simón. Adentro está lo bueno. Libro alegremente sentimental, se prende uno con su chispa al leerlo. Cuando escuchó mis carcajadas, Mili me dijo desde su sillón: «Carajo, yo también quiero leer ese libro».
Dice Silvia que una vez su abuelo le regaló una vaca a Indalecio. Todo un acontecimiento. Corrió donde mamá, que era la asesora de todo el mundo, y le pidió que le dibujara «un jierro para diferenciar su vaca» y agregó: «chiquito pa’ no quemarle la nalga al animal». «Está bien, dijo Isabel, ¿y cómo lo quieres?». «Bueno, que diga Indalecio González La Corocita». Y mamá le dijo: «Coño, le vas a quemar hasta el hocico al pobre animal». Y con Manolo: “Una mañana (…) nos sentamos en un tronco en medio del potrero bajo una fina llovizna. Me hizo señas con la mano que me callara: «Tienes que aprender a oír crecer la hierba, no puedes si hablas, recuerda que el silencio es buen compañero». Le gustaba sentir el ruido que hace el río cuando está crecido: «El río, como los árboles y los animales, tiene su lenguaje, escúchalo y aprenderás, hija, a comunicarte con la naturaleza». (…) Al final de su vida me preguntaba: «¿Te acordarás de mí?». ¡Cómo no recordarte, abuelo, si fuiste mi héroe, si me enseñaste a soñar y sobre todo a ser rebelde ante las injusticias! En recuerdo tuyo le puse a un hijo mío el nombre de Manuel.
¡Bravo por tus recuerdos y tus recetas, Silvia Calvit, por tu vida, y, sólo por jodedera, por tu saril, comadre.