Ante las situaciones más terribles de la experiencia humana (la muerte, la injusticia, el hambre, la desolación espiritual, entre otras) no es la palabra la que mejor expresa lo que sentimos, sino el silencio. El silencio es el acto de comunicación más puro, más genuino, pues no copia la realidad como lo hace la palabra, porque se basta a sí mismo para hacerse sentir. Comparto el pensamiento de Heidegger cuando dice que el silencio significa la máxima expresión de la palabra y la posibilidad máxima de acercamiento al ser.
Soy de la opinión de que nadie logra comunicarse plenamente, pues el idioma se queda corto para expresar los múltiples estados anímicos, las posibles gradaciones de los sentimientos, las emociones que un ser humano desea compartir. Piense en dos personas que usted haya amado, dentro de un mismo tipo de relación (noviazgo, amor fraternal, etc.). ¿Sentía lo mismo por ellas? Soy una convencida de que no se ama igual ni siquiera a los hijos; sin embargo, usamos exactamente las mismas palabras para expresar una emoción que se experimenta, definitivamente, de manera distinta, porque nosotros, los de entonces, nunca somos los mismos.
En este mundo tan moderno, que crea en los seres humanos sentimientos encontrados - por un lado cautiva y por el otro espanta -, ya no hay espacio para el silencio. Todo es ruido y confusión. En medio de esa esquizofrenia vital intentamos expresarnos rústicamente, porque no alcanzamos a decir, verdaderamente, todo lo que sentimos. Esa misma tecnología nos impulsa a lograr el objetivo de decir, por medio de los celulares, la internet y las redes sociales; no obstante, por más que lo intentamos, la soledad y el distanciamiento del otro se hacen mayores. Es usual ver en los centros comerciales a las parejas cada una con su celular chateando, uno frente al otro, sin mirarse siquiera, en un aparente callar, porque realmente hacen esfuerzos inútiles por comunicarse con alguien que no es ni siquiera su acompañante. Ese silencio entre ellos es una zona pantanosa de soledad, de distanciamiento, porque no están compartiéndolo.
¿Recuerda cuándo fue la última vez que gozó de un momento absolutamente en silencio? Es difícil recordarlo, siempre hay sonidos que perturban. En muchos casos, son resonancias que pretenden acompañarnos: la radio, la televisión… En otros casos, son producto de la vida diaria: los pitos, los ronquidos, los motores de los vehículos… En otros, son los fantasmas y las angustias que llevamos por dentro que parecieran gritarnos nuestros temores y preocupaciones.
¿Quizá en la muerte podamos alcanzar el anhelado silencio? ¡Quién sabe! No hay seguridad, pues nadie sabe cómo es el ambiente en la vida eterna. Mientras, hagámonos espacios silenciosos para acercarnos al verdadero ser.