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Sobre la sexualidad y los santos

La represión del instinto sexual, especialmente en el campo religioso ha dado a luz hermosísimas manifestaciones literarias que como las Sagradas Escrituras, han trascendido las épocas y se han convertido en íconos de la literatura erótica clásica.


Sigmund Freud integra la célebre lista de los genios que fueron tenidos en cuenta pero que nunca recibieron el Premio Nobel y para hacer más freudiano el asunto, estuvo más cerca del galardón literario que del de medicina. Esto viene a colación por la similitud en el tratamiento occidental de la sexualidad y la muerte. Para los psicologistas, el erotismo es el motor de la vida y una ciclópea lucha entre Eros y Tanatos.

En el taoísmo (una filosofía de vida) según Morton, no existe el concepto de ley, por lo menos, no en el sentido normativo, aunque se acepta el descriptivo como una acotación extraña a la realidad existencial, en su lugar se admite el orden en función relativa de los contrarios, el yin y el yan. Tal vez sea esta escuela filosófica relativista oriental la más rica y evolucionada. Para el pensamiento occidental de índole lineal, de causa y efecto, tal postura resulta demasiado cómoda porque anula o disuelve el sentido absoluto de la verdad como certeza única o preponderante y con ello la transforma en un bien axiológico, es decir, en un valor moral o ético.

Toda verdad tiene un carácter moral, según provenga de un acto reprochable o no. Porque lo que en el occidente judeocristiano se juzga no es la esencia o las interpretaciones de la verdad sino el medio utilizado para llegar a ella. De allí, que en nuestra cultura, al provenir de un acto prohibido por Dios en una verdad revelada a interpósitas personas, el acto sexual, como el erotismo que lo rodea, se convierten dentro de las leyes de la causalidad, en un pecado y, por tanto, en una culpa genérica heredada por la desobediencia de Adán y Eva, demostrando con ello que la esencia de las leyes divinas encierran una contradicción manifiesta. Un oxímoron por otro lado esencial para quitarle responsabilidades a un ser causal al que se le otorgan cualidades perfectas.

 

Aunque han pasado miles de años desde el dictado bíblico, se continúa considerando pecaminosas la mayoría de las manifestaciones del erotismo en sus múltiples manifestaciones de expresión sexual. Del mismo modo, y con la misma desconsideración hacia la condición humana y el irrefutable libre albedrío resultante de aquel oxímoronprimigenio, la cultura occidental trata el tema de la muerte digna. El cristianismo en general ha vivido desfasado de la realidad existencial y en su desconocimiento de la naturaleza biológica y psíquica del comportamiento individual y social, ha reducido la compleja relación amorosa y erótica en una simple prescripción legal que nadie cumple, pero que se acepta por aquello de que lo que vale es la apariencia y no la esencia. Otra más de las características del Hombre occidental emanadas de una cultura demasiado impregnada de anacronismos teológicos.

No se trata aquí de una simple manifestación cínica, donde la hipocresía resulta ser una salida elegante o socialmente justificada. Se trata de la negación de un instinto imposible de anular y muy difícil de reprimir sin sufrir consecuencias perjudiciales, tanto en el desarrollo psíquico como en la conducta biológica con que se expresa la libido, energía que mueve a la sexualidad y a otros instintos.

Aunque dos pensadores franceses no se hayan podido poner de acuerdo en este tema -tal vez porque en Francia hay demasiadas variedades de quesos- Michel Faucault en Historia de la sexualidadesgrime la libertad como la característica de la sexualidad de nuestro tiempo, mientras que Robert Muchembled en El orgasmo y Occidenteesgrime una teoría represiva. Teoría discutida en los países de cultura avanzada pero que en nuestro pacato mundillo diario se torna verosímil, por lo menos, para quien esto escribe.

 

La represión del instinto sexual, especialmente en el campo religioso ha dado a luz hermosísimas manifestaciones literarias que como las sagradas escrituras, han trascendido las épocas y se han convertido en íconos de la literatura erótica clásica. No exentos de su narcisismo fundamental, los autores, mujeres y hombres, sublimizan su libido para transferirla a un Dios hecho hombre. Un dios demasiado humano donde volcar esa pasión incontenible en la llama doble que los consume. Una llama que Octavio Paz dejara encendida a la posteridad en uno de sus ensayos más profundos y bellos. En ese fuego sagrado la flama roja de la pasión va acompañada de la azul, el color "octaviano" del amor.

Tal vez uno de los pasajes que, gracias a Dios ha escapado a la censura del claustro célibe, es este de El cantar de los cantares: "¡Corramos! ¡Méteme en tu alcoba, disfrutemos juntos y gocemos! Y a la pura pasión: Bésame con besos de tu boca, mejores son que el vino tus amores; y al goce de los sentidos: tus labios destilan miel virgen, debajo de tu lengua escondes miel y leche (?) Mi amado metió la mano por el hueco de la cerradura, y mis entrañas se estremecieron y al encuentro de los cuerpos: Tus caderas torneadas son collares, obras artesanas de orfebre; tu ombligo redondo rebosa vino aromado. Nada de amor dolorido, nada de amor con sacrificios. Mientras mi amado descansa en su diván, mi nardo exhala su fragancia. Bolsita de mirra es mi amado para mí, que reposa entre mis pechos (?) Me apetece sentarme a su sombra, su fruto endulza mi boca. Me ha metido en la bodega, despliega junto a mí su bandera de amor".

No se necesita ser un exegeta para interpretar correctamente estos sentimientos femeninos tan profundos y puros. Quizá porque rebosan de auténtica pureza existencial, sean de los más bellos, comprensibles y creíbles del libro sagrado.

 

Este soneto de Sor Juana Inés de la Cruz pareciera escrito por una ama de casa de hoy: "Que no me quiera Fabio al verse amado/ es dolor sin igual, en mí sentido; / mas que me quiera Silvio aborrecido/ es menor mal, mas no menor enfado. / ¿Qué sufrimiento no estará cansado/ si siempre le resuenan al oído, / tras la vana arrogancia de un querido, el cansado gemir de un desdeñado? / Si de Silvio me cansa el rendimiento, / a Fabio canso con estar rendida; / si de este busco el agradecimiento. / A mí me busca el otro agradecida: / por activa y pasiva en mi tormento, / pues padezco en querer y ser querida".

San Juan de la Cruz avanza en un sublimado amor que en el infantil siglo que vivimos, todavía recibe la incomprensión y la sentencia ignominiosa de los conciliábulos religiosos: "Gocémonos, Amado, / y vamos a ver en tu hermosura/ al monte y al collado / do mana el agua pura; / entremos más adentro en la espesura?"

Probablemente en los versos de Santa Teresa de Ávila donde la sombra de una pobre mendiga harapienta, a la puerta de su iglesia que guarda sus restos, murmura con la mano extendida: "Oh ñudo que así juntáis / dos cosas tan desiguales, / no sé por qué os desatáis / pues atado fuerza dais / a tener por bien los males".


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337584
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América