Visiones del cielo y del infierno, diosas de la belleza surgiendo de selvas tropicales y atrevidos juegos de color acompañados de una ensordecedora percusión: el sambódromo de Río de Janeiro estalló de nuevo en fiesta y emoción la última noche de desfiles de carnaval. "Hace 30 años que salgo en la escuela de samba de Mangueira: para mí esto es una pasión", asegura emocionado Manuel, viejo percusionista de la formación, mientras observa entrar a sus compañeros de grupo en la avenida carioca.
Además de Mangueira, que emocionó al público por su apasionada descripción de las desigualdades existentes en ricos y pobres, blancos y negros, también desfilaron en el sambódromo en la madrugada de ayer las escuelas más esperadas por el público.